lunes, 25 de septiembre de 2017

San Junipero Aurelier

A Celia le encantaba ir al Ambigú a la hora del café. El humo de los puros de los hombres que leían con interés los periódicos que no habían podido leer por la mañana, hacía que el murmurar de las mujeres que cotilleaban con elegancia, pero sin discreción, llegase hasta ella con un halo de misterio que le era de mucha utilidad a la hora de ambientar el siguiente capítulo de su novela. Le gustaba sentarse en la mesa de al lado de la ventana, enfrente del piano que descansaba esperando que a las ocho de la tarde la clientela cambiase por completo de aspecto. Desde allí, con la silla puesta en el angulo exacto, podía ver todo el café a través de un enorme espejo que colgaba de la pared, casi a su suerte, sin que nadie la viera a ella.

La rutina de aquel lugar le daba la tranquilidad necesaria para concentrarse en lo que se tenía que concentrar. Ella siempre llegaba a las tres y media, sabía que a esa hora la mesa que le gustaba estaba libre y había comprobado que las demás andaban un tanto escasas de musas. Diez minutos más tarde, mientras esperaba a que su té dejase de arder y ordenaba sobre la mesa los folios ya escritos, llegaban dos mujeres que aderezaban sus cafés con dos gotitas de licor que eran en realidad media taza. Pocos minutos después, disimulando como cada día el hecho de que esperaba en la esquina de la calle a verlas llegar, entraba un joven de buena planta y mejores modales que sin duda intentaba aparentar más años de los que su ingenua sonrisa era capaz de transmitir y que se sentaba en la mesa de al lado fingiendo un encuentro casual que provocaba en una de ellas una sonrisa pícara de esas que dejan claro que la culpa de lo que no ocurre, es de las circunstancias. Un señor de frondoso bigote se sentaba en la barra mirando hacia la puerta a eso de las cuatro menos diez. Su mirada profunda, se llenaba de anhelo cinco minutos más tarde, cuando saludaba con la cabeza a las tres señoras que le ignoraban con la dignidad de quienes se creen mejores que nadie mientras esperaban a que Enrique les retirase las sillas para poder sentarse. Celia, había llegado a la conclusión de que una de ellas le recordaba a aquel amor que un día se fue y no regresó y le regalaba una mirada cómplice que el señor agradecía justo antes de volver a la sección de economía que leía como si a él todo le diera igual. Para las cuatro en punto, todos los habituales ya habían llegado y Celia podía al fin dejar constancia sobre el papel del orden escogido para las palabras que se agolpaban en su cabeza y que poco a poco iban dándole forma a su segunda novela. La primera, la historia de su familia, de sus hermanas, había sido todo un éxito y aunque no estaba segura de que la sociedad fuera a entender la vida de la mujer a la que había hecho protagonista en aquella ocasión, sabía que no podía dejarla con la vida a medias.

Aquella reflexión, que en un segundo y de un manotazo arrancó de su lado la inspiración, la hizo volver al mundo real. Volver a su espejo. A los murmullos que no habían cesado pero que habían desaparecido. Entre ellos, una voz que no reconoció pero que sintió no volvería a olvidar, pidió un café doble en la barra. Intrigada, se giró para buscar a la propietaria que, sentada en un taburete de la barra, erguía su postura cansada para ser la dama elegante que tenía que ser. Celia tuvo que mirar dos veces y parpadear cuatro. La capa azul que colgaba hasta el suelo ocultando el asiento, el recogido elegante pero sencillo de su pelo y las manos delicadas que sacaban del bolso unas monedas, la hicieron sentir que su protagonista se le había escapado. Celia sonrió incrédula y sintió dentro el calor que anuncia una locura. Se quitó las gafas y recogió un poco la mesa en un acto de nerviosismo que ni ella comprendía bien, pero cuando inhaló el aire que la levantaría de la silla, la vio pasar por el reflejo del espejo rumbo a la puerta sin darle la oportunidad ni siquiera de verla el rostro.

—Enrique ¿Quién era esa enfermera? —preguntó curiosa a la par que decepcionada cuando el dueño del local pasó a su lado con la bandeja cargada de copas aún vacías.

—No lo sé. ¿Quieres que le pregunte a Antonia? Está ordenando el almacén, pero ya sabes lo que le gusta un cotilleo.  

En un acto irracional, Celia negó y terminó de recoger sus papeles, los guardó junto a su pluma en la cartera de piel que la acompañaba fiel a todas partes y salió a la calle, miró hacía los lados y persiguió la única capa azul que vio sin contar con que a escasos diez metros, se toparía de frente con su hermana Adela que iba con calma a abrir su sombrerería.

—¿Dónde vas tan despistada? —preguntó al ver que ni siquiera la había visto.

—¡Adela! —exclamó apurada mirando por encima de su hombro para comprobar como la capa doblaba una esquina tirando por tierra su idea de preguntarle a aquella mujer si sería tan amable de regresar a su novela —Perdóname, iba pensando en mis cosas.

—Ya veo, ya. ¿Qué tal lo llevas? —preguntó señalando la cartera.

—Bien. Bien, bien. No sé si mi protagonista sigue ahí, pero lo llevo bien —respondió bromeando asumiendo con la mirada triste que no volvería a verla —. Te dejo, tengo que ir al periódico y ya llego tarde —añadió como excusa, aunque no le sirvió de nada.

La enfermera había desaparecido. Adivinar por qué calle había podido ir teniendo en cuenta que había decenas de ellas a su alrededor que a su vez se bifurcaban en decenas más, era imposible, así que regresó al piso que no sin esfuerzo había comprado y arreglado con la venta de Seis Hermanas.
Pasó el resto de la tarde releyendo lo que ya tenía escrito y se dio cuenta de que a su enfermera le faltaba voz y le faltaba vida. La vida que le daba vida a la capa que había perdido de vista horas atrás. Intentó inventarle una, pero no sonaba igual y quiso darle una historia más creíble de la que le había dado, pero todo cuanto se le ocurría la decepcionaba, la voz de aquella mujer guardaba el secreto de cientos de historias por descubrir. Cuando llegó la hora de irse a la cama, Celia se dio cuenta de que nada de todo cuanto había escrito tendría sentido sin saber, al menos, el nombre de aquella mujer que se le había escapado por su indecisión.

Al día siguiente, la escritora pasó toda la tarde esperando a que el azar, o el destino, hicieran que la enfermera volviera a entrar en el Ambigú, pero fueron pasando las horas y a excepción de la camisa de cuadros de una mujer que se sentó al otro lado del café de espaldas a ella, nada llamó su atención. Comprobando con tristeza que se acercaba la hora de irse a dar una de sus clases particulares de inglés, pues, a pesar de que había tenido que dejar las aulas seguía adorando la docencia, recogió sus libros, se puso el abrigo y salió por la puerta con la cabeza en algún lugar al que no conseguía acceder.

—¡Disculpe! ¡Disculpe!

Aquella voz… La dejó paralizada de espaldas a medio metro de la puerta.

—Disculpe, se le ha caído el libro…

Celia, se giró despacio, como si de pronto su cartera pesase toneladas. Como si todo en cuanto creía se tambalease, como si sintiera que, al darse la vuelta, iba a estar tan sola que no podría soportar la locura.

—¿Está bien? —escuchó mientras subía la mirada por la falda beige que acababa en un cinturón negro tras el que comenzaba una camisa de cuadros que le era familiar.

—¡Eres tú! —exclamó boquiabierta.

—Así es, soy yo —respondió divertida con el libro en la mano extendida hacia Celia —, igual que supongo que usted, es usted.

La sonrisa que siguió a aquellas palabras, tan blanca y pura que parecía de mentira, le aceleró el corazón dejándola aún más bloqueada. Por un segundo sintió que volvía a ser aquella veinteañera temblorosa que temía reconocer que el camino que su corazón había escogido no se correspondía con el que habían escogido todas las mujeres que la rodeaban. Por un segundo recordó la mirada inquisidora del Doctor Uribe, un médico sin escrúpulos del que consiguió escapar a base de mentiras. Por un segundo sintió que todo cuanto había pasado para llegar a ser le recorría la columna vértebra a vértebra, haciéndola consciente de que hubiera dolido lo que hubiera dolido la fusta con la que tantas veces la golpeó o la corriente que tantas veces le atravesó, había merecido la pena cada segundo de lucha por estar en aquel momento allí, haciendo el ridículo ante la mujer más hermosa que había visto en su vida.

—Orgullo y prejuicio —leyó en la tapa intentando hacer que Celia reaccionase —. Creo que el único hombre que me ha gustado en mi vida —comenzó a confesar llevándose el libro al pecho de forma cómplice —, ha sido Mr. Darcy.

En aquel momento Celia creyó desmayarse. La mirada de la mujer tras decir aquello, se iluminó ante ella haciéndola comprender que todas las orillas en las que había desembarcado sin éxito tenían una cosa en común. Ninguna, tenía faro.

—Lo utilizo para dar clases de inglés a una adolescente un tanto irreverente —reaccionó al fin extendiendo la mano para recuperar el libro—. ¿A qué adolescente no le gusta leer una historia de damiselas buscando el amor?

—¿Es usted maestra? —preguntó alargando el momento en el que soltar la tapa intentando averiguar que era eso que la unía a aquella desconocida con tanta fuerza.

—Lo fui. Ahora soy escritora, o lo intento —añadió modesta —. Soy Celia Silva, si suelta el libro será un placer saber quién es usted y estrechar su mano.

Las tornas cambiaron en el momento en el que la enfermera escuchó su nombre. Hacía al menos siete años que no vivía en Madrid, pero sí estuvo cuando aquella mujer que tenía delante publicó bajo el seudónimo de Román Caballero una serie de artículos que levantaron más de una ampolla social y cuando se la acusó de haber atentado contra el mismísimo Ateneo.

—No puedo creer que usted sea Celia Silva… Bueno, en realidad no puedo creer que no la haya reconocido. Yo soy Aurora, Aurora Alarcón, fui la jefa de enfermeras de la casa de socorro que consiguió que abrieran en Arganzuela, aunque no tuve la fortuna de llegar a conocerla.

Celia arrugó el ceño haciendo memoria.

—Me consta que hizo una gran labor allí, aunque si mal no recuerdo, no estuvo demasiado tiempo ¿verdad?

Aquella pregunta apagó el brillo de una mirada que se perdió en el suelo de un pasado difícil de olvidar, aunque se volvió a iluminar al segundo, como si Aurora hubiera aprendido a salir del pozo de un solo salto.

—Esa respuesta es digna de un buen licor, pero me temo que si acepta llegará demasiado tarde a su clase.

—¡Mi clase! —exclamó Celia entregándose a un reloj que se rio con maldad —Acepto ese licor —dijo elevando la voz mientras se alejaba sin llegar a girarse del todo —, ¿Le parece si nos vemos aquí a las seis y media?

—Como me siga tratando de usted, me temo que se quedará con la duda —gritó provocando que media calle se girase a observarla con desprecio —. La espero en este punto exacto, de hecho, puede que no me mueva de aquí hasta mañana —bromeó.

Celia asintió con la cabeza, con la mirada, con la sonrisa y con el corazón que quería quedarse allí a toda costa. Aurora, con el dedo índice atrapado entre sus dientes en un gesto inconsciente, se quedó mirando cómo se alejaba divertida. Y aquel 24 de septiembre de 1922, se quedó mirándolas a ambas sabiendo que aquel encuentro, era lo más bello que le había ocurrido aquel día al mundo.

La noche pasó muy despacio, como si todas las fases de la luna quisieran asomarse a las dos ventanas tras las que el insomnio anunciaba que algo había cambiado para finalmente dibujar una sonrisa entre las estrellas que compartiría el amanecer con los rayos de un sol que ansiaba traspasar la mitad del cielo para ser testigo del nuevo encuentro.

—¿Siempre llega diez minutos antes a sus citas? —le susurró Aurora a Celia haciendo que esta se girase para mostrarle una sonrisa que no había perdido desde el día anterior.

—¿Quiere que sea sincera?

—Quiero que seas quien sientas ser —respondió Aurora enhebrando su brazo en el brazo de Celia con una complicidad y una energía que hizo que la escritora sintiera que podía serlo de verdad—, y por eso, me gustaría que aceptes la sugerencia de un cambio de lugar.

—¿Dónde me quieres llevar? —preguntó intrigada mientras comenzaban a caminar.

La sonrisa con la que Celia salió de la representación teatral a la que Aurora la llevó por sorpresa, hizo que la luna de aquella noche que se les echó encima desapareciera muerta de envidia.

—¿Crees en la reencarnación? —preguntó Celia mientras Aurora se acababa de abrochar los botones del abrigo a la puerta del teatro.

Aurora dudó un instante.

—No sé si lo llamaría así, si te digo la verdad por razones obvias no soy muy creyente, pero pienso que tenemos poco tiempo para hacer todas las cosas que hay por hacer así que sí, digamos que creo que después de este tiempo, tendremos más tiempo. ¿Por qué?

—Porque si vuelvo a nacer, me encantaría ser…

—¡Actriz! —exclamó Aurora entusiasmada.

—¡Sí! ¿Tú también? —preguntó siendo ella quien se agarró con fuerza a su brazo para comenzar el ascenso de la Gran Vía.

—Me encantaría subirme a un escenario y hacer que la gente sienta cosas que de otro modo nunca serían capaces de sentir. Poder darle vida a personas imaginarias que seguramente existan en algún lugar. Aprenderme textos intensos, o mediocres, no me importa. Saber llorar o reír al antojo. Trasgredir sin que nadie pueda juzgarme porque no soy yo, es el personaje. El autor… O la autora —añadió clavando sus ojos en los ojos de Celia que la escuchaban con atención.

—No creo que llegue nunca a escribir teatro si es lo que sugieres.

—Tú harás todo lo que te propongas hacer y algo me dice que yo estaré ahí para verlo —añadió apoyando ligeramente y durante solo un segundo su cabeza en el hombro de Celia que torció levemente la suya como agradecimiento.

Una carcajada de Aurora rompió aquel momento. Se paró y giró la cabeza para desafiar con la mirada a una pareja cincuentona que al pasar a su lado había murmurado algún improperio ante el gesto.

—Me hace gracia lo vacías están las vidas de algunas personas —dijo respondiendo a la pregunta que Celia no llegó a hacer.

—Y pensar que hace unos años me preocupaba tanto lo que pensasen de mí que era el miedo quien guiaba mis sentimientos…

—¿Cómo cogiste las riendas?

—Bueno, aprendí que la gente ve lo que quiere ver y que, si yo le daba importancia a lo que veían, veían precisamente lo que pretendía ocultar. No hay nada mejor escondido que lo que está al alcance de los ojos. ¿Y tú?

—Yo aprendí a base de golpes —respondió con una sonrisa que traspasó a Celia de dolorosa que le pareció —. Tuve un marido, era lo que se esperaba de mí y cedí a ello. Era una mala persona. Demasiado para lo que puedas llegar a imaginar.

—Puedo llegar a imaginar muchas cosas. ¿Puedo preguntar que fue de él?

—Está en la cárcel. Pagando por el asesinato de nuestro hijo no nato.

—Lo lamento.

—Y yo, pero aprendí a salir de todo aun arrastrándolo todo.

—¿Por eso te fuiste de Madrid?

—No. De Madrid me fui porque a las pocas semanas de haber inaugurado la casa de socorro, incorporaron a la plantilla a una enfermera en la que confié más de lo que debía sin saber que todo cuanto le conté de mi lo utilizaría para atormentarme. Me fui a Austria. Bueno, en realidad regresé allí. A la ciudad que me formó como enfermera, como persona y como mujer. Hace cosa de un mes me enteré de que ese ser había fallecido. Su locura la llevó al manicomio y del manicomio salió con los pies por delante. Cuando te metes con quien no debes, terminas donde no quieres. Ella se creía inmortal y jugó con alguien que estaba muerto en vida y sin nada que perder.

—¡Pues me alegro! —exclamó risueña golpeando con cariño la mano de Aurora que la miraba con el ceño fruncido —De que volvieras a Madrid… —aclaró con el toque de sarcasmo justo.

Cuando dejaron de hablar, se dieron cuenta de que la noche estaba completamente en calma. La ciudad seguía viviendo, pero era como si su ruido estuviera en otra dimensión. Como si fuera el murmullo de la radio en una mañana fría de invierno en las que la leche se calienta poco a poco para darle temperatura al hogar. Disfrutando del silencio y sin rumbo, se vieron sorprendidas a la altura de la calle Hortaleza por un saludo mucho más cariñoso de lo que Aurora hubiera podido esperar jamás de una completa desconocida. Aquella mujer rubia que sujetando a Celia del brazo las había detenido, la miró de arriba abajo con total aprobación y le plantó dos besos en las mejillas que a punto estuvieron de ruborizarla.

—¡Diana! ¡Salvador! ¿Qué hacéis por aquí?
—preguntó Celia pasándose por encima el protocolo de las presentaciones.

—Hemos salido a cenar —respondió Salvador —, ya sabes que tu cuñado es un hombre detallista —bromeó con la sonrisa de medio lado que tanto le caracterizaba y que tanto gustó a Aurora que acababa de atar todos los cabos.

Diana le dio un manotazo cariñoso en el brazo antes de presentarse por sí misma y de dejar claro que estaba encantada del casual encuentro que sin duda quería repetir con más calma el siguiente fin de semana, en casa, con las demás hermanas.

—No voy a aceptar un no por respuesta —sentenció antes de acercarse a Celia y susurrarle algo que sonrojó sus mejillas —. El sábado que viene a las nueve en casa Silva. Mi hermana le dará la dirección encantada.

Aurora se quedó paralizada en medio de la calle mientras Celia comenzaba a andar y Diana y Salvador subían la Gran Vía como si nada de aquello hubiera sucedido.

—¿Vienes?

¡Claro que iba! ¿Cómo no iba a ir?

—Tus hermanas saben…

—¡Claro! A algunas les costó más que a otras, pero mereció la pena correr el riesgo de decirles quien soy. Aunque reconozco —comenzó a confesar en voz baja sujetándose de nuevo al brazo de Aurora —, que a lo mejor alguna se enteró al abrir en el momento equivocado la puerta sin haber llamado primero.

Aurora tuvo que detenerse para reírse a gusto. Se imaginó la escena, se imaginó las reacciones escandalizas y agradeció no haber tenido que verse en esa tesitura con su hermano Camilo que hacía por lo menos diez años había abrazado la fe y había decidido aislarse en un pueblo lejos del ensordecedor ruido de los pecados del mundo. Secándose las lágrimas que ya no liberaba por nada más que por su propia felicidad, se incorporó con la intención de seguir andando, pero pronto se dio cuenta de que estaban en el cruce con la calle Alcalá y no pudo evitar quedarse admirando el edificio del recién construido Círculo de Bellas Artes.

—Desde que volví y vi esa azotea, he querido subir a ella.

Celia la acompañó en el sueño con la mirada dirigida al cielo de Madrid y aunque por un segundo pensó en que las probabilidades de que alguna de las personas que entraban y salían de él fueran conocidos del entorno del periódico, prefirió guardase el As y apostarlo todo al comodín al que sí tenía acceso.

—¿Crees que esa copa de licor podríamos tomarla en mi casa? —preguntó Celia colocando con cuidado, y muy despacio, un mechón de pelo rebelde tras la oreja derecha de Aurora que no pudo evitar morderse el labio con suavidad antes de asentir con la cabeza.

La enfermera tardó al menos un minuto en poder cerrar la boca después de que Celia abriera la puerta acristalada del pequeño salón de su pequeño piso. Los escasos veinticinco metros cuadrados de aquella guardilla que Celia había convertido en un hogar, pasaron a un segundo plano en cuanto el centro de Madrid apareció ante sus ojos. El ángulo recto de la terraza permitía ver la extensión en dirección al Teatro Real y a la Plaza Mayor. Como si el aire que apenas se movía la empujase hacia adelante, Aurora apoyó los brazos en la cornisa que ocultaba a los viandantes aquella maravilla.

—Pero… ¿Tú cómo has conseguido esto? —preguntó girándose hacia una Celia que estaba mucho más cerca de lo que hubiera imaginado.

—Digamos que estaba en el momento justo, en el lugar indicado.

—¿Y cuan justo e indicado es el momento en el que me encuentro yo ahora?

En ese instante, los cimientos de toda la sociedad se tambalearon bajo sus pies. Toda la prudencia y discreción que se les pedía a las damas bien educadas se tiraron desde el octavo piso de aquel edificio de siete. Detrás fueron las prohibiciones, las terapias, las mentiras y las lágrimas que se llevaron a la espalda las dudas, los amores no correspondidos y los que siéndolo acabaron ante el altar de la libertad cristiana. Celia nunca había besado a una mujer como Aurora y Aurora nunca había besado a una mujer como Celia, lo supieron en el momento en que sus labios se unieron en aquel beso que se llevó el pasado que habiéndolas creado había intentado destruirlas sin éxito.

Por un segundo ambas tuvieron la necesidad de preguntarse si todo lo que les estaba ocurriendo no estaba ocurriendo demasiado rápido. Si el destino no estaría jugando con sus sentimientos de nuevo. Si aquello no sería otra trampa de esas de la vida que aparecen cuando más feliz eres para hacerte sentir que sigues siendo una simple mortal. Quisieron preguntarlo en voz alta, pero ambas sabían que las respuestas que se dicen con la boca son mucho menos sinceras que las que se dan con la mirada, así que se miraron hasta que dieron las doce, mientras las campanas de la ciudad repicaban y las nubes ejercían de hadas madrinas cubriéndolas con la lluvia de la primera vez eterna.


—¡Buenos días remolona! —saludó Celia dejando el teléfono sobre la mesilla cuando vio que Aurora abría los ojos.

—Buenos días amor —respondió Aurora desperezándose entre las sábanas hasta acabar abrazada a Celia que la observaba de reojo desde hacía rato —. ¡Mmm! Cómo me gusta acariciarte cuando aún no se te ha despertado la piel —farfulló colando las manos por su espalda desnuda —¿Qué hacías con el móvil tan temprano? —preguntó adoptando la postura de un gatito que necesita calor.

—He soñado con nosotras y estaba anotándolo para que no se me olvide, creo que podría salir una gran historia de ahí.

—¿Sobre nosotras? —preguntó Aurora mirándola con los ojos dormidos, pero con la atención alerta.

—¡Sí! —afirmó sentándose de un salto con las piernas cruzadas de frente a ella —Pero no sobre nosotras ahora, si no sobre las nosotras que fueron otras… No sé, ha sido todo un poco extraño.

—Extraño ¿Por qué? —preguntó Aurora que intentaba comprender pero que no llegaba a hacerlo mientras se incorporaba ligeramente para llegar a acariciarle los hombros con esa picardía mañanera que es incapaz de mantener la mano en el mismo lugar.

—Vivíamos en los años veinte…

—¿Aún vestíamos con corsé? —interrumpió torciendo la sonrisa.

—¡Qué tonta eres! —respondió cariñosa siguiendo con la mirada el dedo índice de Aurora que merodeaba juguetón por el contorno de sus pechos —No, pero también éramos periodista y… bueno tu eres médico y la Aurora de mi sueño era enfermera, pero…

—Bendita apendicitis la tuya.

—¡Bendita, Bendita! —repitió divertida acariciándose la cicatriz del costado —Me sentía morir, pero si no hubiera estado a punto de estallarme, nunca te hubiera conocido.

—¿Y cómo nos conocíamos en tu sueño?

—Te escuchaba hablar en un café de la época al que al parecer acudía a escribir asiduamente. Nos había pasado de todo —comenzó a narrar entusiasmada —. A mí me habían sometido a terapia, detenido por un atentado que no cometí… Y tú, no solo habías tenido un marido muy cabrón, sino que además te había acosado una loca.

—Habíamos tenido una vida feliz por lo que veo —ironizó recolocando las almohadas para poder apoyarse en ellas cómodamente.

—También nos habían pasado cosas buenas, pero me ha dejado un poco así el hecho de que habíamos tenido una vida en la que podíamos habernos conocido muchos años antes, pero en la que no lo habíamos hecho.

—No sería nuestro momento —dijo Aurora que era muy de creer en que las cosas suceden cuando tienen que suceder. Ni antes, ni después.

—¿Te imaginas que hubiera sido así de verdad? ¿Qué no haya sido un sueño si no un recuerdo de nuestra vida anterior? Yo cuando te vi entrar en el box de urgencias y me llamaste María porque te habías confundido al coger la hoja de ingreso, sentí que eso, ya lo había vivido.

—¿Ves? A eso me refería, si aquel día hubieras aparecido en el hospital media hora más tarde, quizá no nos hubiéramos conocido nunca.

—O sí te hubieras quedado a trabajar para siempre en aquel hospital de Viena…

—Era nuestro momento —susurró melosa tirando de las manos de Celia hacia ella para dejarla tumbada sobre sí —, pero vamos, que nunca me habías contado eso.

—No quería parecerte una loquita —aclaró con un beso.

—¿Cómo vas a parecerme una loquita si la que se volvió loquita al verte allí echa un trapo fui yo?

—¡Que romántico fue todo!

—Muy de nuestro estilo.

—A mí, lo que más me gusta de nuestro estilo es la forma en que hacemos el amor… —ronroneó Celia perdiendo la lengua en la boca de Aurora que tiró del edredón hacía arriba cubriendo por completo la desnudez de sus cuerpos enlazados mientras la mano de Celia descendía por su vientre agitado dispuesta a perderse entre unas piernas que no opusieron resistencia alguna.

—En eso —se escuchó bajo el blanco rallado por el sol que entraba por la persiana entrecerrada —, tengo que darte la razón. ¡Feliz aniversario Meine…! —un profundo gemido incontenible cortó el final de la frase.

—Liebe...


Adriana Marquina

martes, 19 de septiembre de 2017

El incendio de Incendios

Quiero hablaros de Incendios, pero tengo que reconocer que no sé ni por dónde empezar. No sé si empezar poniendo una rama seca en el suelo o directamente quemando el bosque. No sé si empezar por el elenco, por el decorado, por el guion o por el argumento. No sé por dónde empezar, así que empezaré diciendo que, si todavía no la has visto, no te lo pienses. No mires el argumento, no te preocupes por quienes actúan, no leas más. Abre la página en la que se venden las entradas y compra la primera que puedas, si es que aún puedes, porque Incendios es una de esas obras desgarradoras que se te meten dentro y se quedan contigo, en tu garganta, como un cuchillo. Que se apodera de tu piel porque hacen que sientas su piel, la piel de personas invisibles a las que la parca persigue por diversión. Que te hace inhalar el humo de la hoguera en la que arde cada uno de sus protagonistas. Que te obliga a mirar por la mira de lo más ruin de la naturaleza humana y después hace que te pierdas en un silencio que llegas a sentir como tuyo, aunque no entiendas a que es debido.

Incendios es una de esas obras que existen, pero que ojalá no existieran. Que ocurren encima de un escenario que abarca ciudades que se nos escapan, que dejamos que se escapen porque mirar hacia ellas hace que sintamos el temblor de los cimientos del mundo. De nuestros cimientos. De nuestro mundo impasible. De un mundo que sigue sin darse cuenta de que, sin amor, lo único que tiene cabida es el odio y el odio mata. Literalmente, o peor, no. Diversión.

Incendios es algo que no se puede contar. Algo sobre lo que no se puede escribir porque, aunque quieras imaginarlo no alcanzas. Porque, aunque te pares y le des miles de vueltas, seguirías sin comprender como puede ser que, sobre ese escenario que te transporta poco a poco al centro de un infierno en el que se escucha un silencio ensordecedor, el resultado de la suma más básica de todas, esté equivocado.

No puedo decir demasiado, porque a nada que diga llegaría al final de un incendio que hay que comenzar a ver arder desde el principio y no quiero, y tampoco sé si sé. Lo que sí os puedo decir, es que las tres horas que dura la obra, que son demasiado para sus protagonistas pero que fueron demasiado poco para mí, te llevan por un sinfín de sentimientos que llegan a hacerte dudar sobre tu propia respiración y es que a ratos sientes que el aire que debería llenar tus pulmones se está yendo con ellos y a ratos sientes que eres tú quien se lo está robando. Lo que si puedo decir es que Carlos Martos me hizo sentir la ira de quien no comprende nada, de quien no sabe que es lo que ha hecho mal para sentir que lo quieren tan poco. Que Jose Luis Alcobendas me mantuvo toda la obra preguntándome que era eso que Lebel sabía y yo no. Que sentí profundamente que Alberto Iglesias no me entregase a mí la caja con las quinientas horas porque hubiera perdido en ellas mi cordura con gusto. Que hubiera saltado al escenario para ir con Laia Marull y el corazón roto de la sonrisa de su Nawal hasta donde ella me hubiera querido llevar. Quizá de ese modo, lo hubiéramos encontrado a tiempo. Que me hubiera quedado toda la noche escuchando la voz de Lucia Barrado y de su Sawda, aunque tuviera que secar la lágrima que se me cayó cuando cantó. Que hubiera abrazado a Nuria Espert una y otra y otra vez, hasta que las manos de su Nawal hubieran dejado de temblar delante del jurado que se retorcía en sus butacas ante el dolor de ese talento añejo al que no le hace falta nadie más que ella. Que dejar de mirar a Candela Serrat se me hizo imposible, no por el cariño que le tengo, si no precisamente porque por más que la buscaba no la encontré en esa Jeanne que lo llenaba todo con el silencio incomprensible de la mujer dispuesta a perder por el camino el sentido de la vida para, precisamente, darle sentido a la vida. Que la fotografía que le hubiera sacado al Nihad de Germán Torres entre las dos cejas, no me hubiera pesado tanto como me pesa, cuando la recuerdo, la banda sonora que dejó tras su nariz de payaso.

Adriana Marquina


martes, 8 de agosto de 2017

Tu perfume

Necesito saber el nombre del perfume que utilizas. Ese que me hizo girarme cuando pasaste a mi lado sin detenerte. Ese por el cual recorrería tu piel en una noche endemoniada de insomnio sin tan siquiera haberte visto, porque a veces andamos solos, aunque estemos rodeados de gente y cuando quise darme cuenta, ya habías desaparecido tras la esquina de la calle. Pensé en seguirte. En desandar mis pasos y ver como eras, pero en el aire se había quedado pegado el aroma de tu piel y no pude evitar sentarme en el banco verde que ajeno a ti me reclamaba a mí para cerrar los ojos y jugar despacio.

Despacio cree un rostro que podría ser el de cualquiera pero que terminó siendo el tuyo. Risueño, rosado, atravesado por una sonrisa curvada por la dicha de una vida llena de anhelos de más. De más viajes, de más sueños, de más conocimiento, de más tiempo para perder el tiempo pensando en qué utilizarlo. De más películas, de más libros, de más música, de más cervezas con amigas de esas por las que el tiempo pasa, pero con las que nunca pasa el tiempo. De más miradas cruzadas, de más sonrisas cómplices, de más susurros gritados en plena noche. Iluminado por unos ojos de esos que retan y yo, acepté el reto.

Adiviné una infancia plena en la que la libertad se sentía tan lejana que parecía inalcanzable. En la que siendo una niña como las demás te sentías diferente. En la que aprendiste a jugar sola cuando jugabas acompañada porque no entendías que entre las reglas del juego hubiera una que dijera que eso era lo que los demás esperaban de ti. Se esperaba de ti que fueras una más siendo única y empezaste a crecer acostumbrándote a callar lo que pensabas, lo que sentías, lo que querías hacer, lo que necesitabas hacer porque, para cuando pensaste en revelarte, ya habías crecido lo suficiente como para saber que nada puede hacer más daño que una mirada reprobatoria y las miradas de las personas que aceptan las reglas sin preguntar siempre lo son. Seguiste creciendo entre las paredes de una habitación que te dejaba ser, que te dejaba atravesar el campo interminable para marcar el gol de la victoria en el último segundo, levantar la espada con la que salvar al mundo o solucionar ese crimen que tuviste que dejar a medias porque tenías que salir de allí para que quienes no eran en ninguna parte fueran contigo. Pensabas que formabas parte de algo, pero era el algo el que formaba parte de ti y se convirtió en una camisa de fuerza con los cinchos tan apretados que las hebillas marcaban tu piel. La marcaron aquellas amigas sin las que no te imaginabas, pero de las que apenas ha quedado una porque ellas si se imaginaban sin ti. Aquellas fiestas en las que sonreías a quien te decían tenías que sonreír mientras mirabas de reojo a quien te hacía sonreír a ti, ajena, inalcanzable, prohibida. Aquellas conversaciones en pijama en las que escuchabas con atención la descripción de sentimientos que se parecían a los tuyos mientras el humo de lo prohibido inundaba tus pulmones cansados de suspirar porque se parecían, pero no eran iguales.  Aquellos besos socialmente bien vistos en los que dabas lo mejor de ti, pero de los que te llevabas lo peor. El miedo, la angustia, la rabia de que no fueran los de ella. Los de cualquier ella. Me imaginé tu primer beso, el primero de verdad. Ese en el que los ojos que te miraban te miraban a los labios dudando si caer en el pecado de tu lengua paralizada, de tu respiración entrecortada, de tus ojos centelleantes al intuir la luz que lo iluminaria todo cuando el muro de las reglas explotase ante el pecado que estabas a punto de cometer, que ansiabas cometer, ese con el que tantas y tantas veces habías soñado despierta, que tantas y tantas veces habías pensado que nunca llegaría. El primer beso, la primera vez. Voy a arriesgarme a decir que fue con una mujer que tenía más experiencia que tú, con una a la que no le temblaron las manos al deshacerte de tu camiseta, con una que sujetó las tuyas para regalarles una firmeza que desapareció en cuanto besó tu cuello, en cuanto con cuidado te tumbó sobre la cama, quizá la suya, quizá una que acababas de conocer, pero de la que ya no te podrías olvidar. Me imagino sus labios recorriendo tu cuerpo, tus ojos luchando por no perder de vista el techo segura de que, mirándolo a él, tu vergüenza desaparecería. Su mano perdiéndose entre tus piernas, cortando tu respiración, tensando todo tu cuerpo, haciendo que mordieras tu labio mientras tus manos se enredaban en las sábanas en vez de en su piel. ¿Cuándo tardaste en darte cuenta de que la piel no se rompe? ¿Tal vez fue cuando mordió tu pecho? ¿Cuándo arañó tu espalda? ¿Cuándo sentiste su lengua perdida dentro de ti? Acabo de verte sonreír, aunque aquello no fuera lo que esperabas, aunque los nervios no te permitieran mirarla a la cara sin que el rubor te hiciera cerrar las piernas, sin mirar de nuevo al techo. Puede que incluso te sintieras culpable por dudar de que su satisfacción no concordase con su aptitud. De que tu aptitud no concordase con su satisfacción. Aunque eso lo sepas ahora que con los años has descubierto que el placer no es placer hasta que eres incapaz de diferenciar una cosa de la otra. Hasta que el techo parece el cielo. Hasta que la vergüenza se deshace a patadas de la ropa. Hasta que lo que se rompe no es la piel, si no el aire. Hasta que le haces el amor a un perfume.

A tu perfume.

Adriana Marquina

viernes, 21 de abril de 2017

Agradecida

Qué triste es ese momento en el que te alegras de que algo que te ha hecho feliz, termine. Aunque sepas que lo había hecho hace tiempo, aunque lo estuvieras esperando. Y no es que te alegres por maldad, si no que te alegras porque prefieres que dejen en paz tus recuerdos, que dejen de reírse de ellos, de pisarlos, de menospreciarlos, venga de quien venga. Porque sí, eso es lo que ha pasado con seis hermanas, o al menos lo que me ha pasado a mí, pero antes de daros mis motivos y de decir algunas cosas que necesito decirles a las Aureliers y a quien quiera haya sido el responsable de llevar a pique el barco, quiero agradecerle al equipo que hizo posible el maravilloso comienzo y a todas las personas que se involucraron y creyeron en la fuerza de la mujer y, sobre todo en lo que a mi concierne, en la fuerza de la mujer lesbiana, que nos regalaseis tantos y tantos momentos que nunca olvidaremos. A las seis actrices que han llevado estos dos años el apellido Silva quiero darles la enhorabuena porque, me gustase más o menos el personaje, siempre los habéis defendido con la profesionalidad y el cariño que merecían. Ha sido un auténtico placer veros trabajar, tanto a vosotras como al resto del elenco que rodeaba la vida de las Silva, pero tengo que centrarme en Candela y Luz, que espero ya sean conscientes de lo que han supuesto para muchas su Celia y su Aurora. Gracias, una vez más y de todo corazón, por vuestras interpretaciones y por vuestra implicación. Por la constancia y el apoyo. Por cada una de las sonrisas que nos habéis regalado fuera y dentro de la pantalla. Ojalá podamos veros juntas en un futuro, ya sea en otra serie o en un teatro que os aseguro llenaréis porque os merecéis todo lo bueno que pueda depararos esa profesión que amáis. ¡Qué placer haberos visto trabajar juntas! ¡Qué placer haberos podido conocer! ¡Qué, Placer!

Y ahora sí voy a hablaros de lo que he venido a hablar porque como era de suponer, no podía no decir nada en este último día de Seis Hermanas. Tengo la sensación de que se han reído de “mi vida”, de mi forma de amar, de la “batalla” en la que llevo peleando desde que con doce años supe que me gustaban las mujeres, desde que con diecisiete decidí dejar de esconderme y puse en una balanza lo que me hacía feliz y lo que estaría dispuesta a pagar por serlo, porque sí, ser lesbiana muchas veces implica pagar un precio y ese precio a veces es mayor de lo que creemos vamos a poder soportar. A veces se hace cuesta arriba, bueno miento, siempre es cuesta arriba, pero al final las piernas se acostumbran y llega un momento en el que te das cuenta de que subir, merece la pena.

Digo que tiene un precio, pero no hablo de dinero, nada de lo que he hecho nunca por mi o por los demás, ha sido por eso. Hablo de la familia, de los amigos, de los trabajos, de la gente que te cruzas por la calle. De todos los que aparecen y se van porque no llegan a comprender que seas capaz de amar a otra mujer. Y no lo entienden porque nadie se lo ha explicado, no al menos de la forma en la que deberían haberlo hecho. Las lesbianas llevamos el estigma del pelo corto y la camisa de cuadros (aunque alguna nos haya robado el corazón), de la tijera y el consolador, de no saber lo que es una buena polla, de ser mujeres frustradas llenas de desilusiones heterosexuales o peor, de abusos. Lo que el mundo enseña del amor homosexual, lo que la historia cuenta, lo que el presente sigue enseñando en más ocasiones de las que debería, es que estamos enfermas, que somos viciosas, que nunca podremos ser felices porque no nos lo merecemos, porque somos antinaturales. ¡Naturales! ¡Madre mía! Y podría entender que esto pasase hace cien años, que la gente tuviera miedo a lo desconocido porque era lo que les decían que tenían que hacer, pero ¿ahora que ya se ha demostrado por activa y por pasiva que nos somos eso que demonizan? ¿Qué hay cientos de plataformas con cuya ayuda se podría reeducar esa imagen? ¿Por qué no se hace? ¿Por qué no se enseña? ¿Por qué no se educa? Y lo más importante, ¿Por qué nos tienen miedo? Yo nunca me he metido en la cama de nadie, no al menos con prejuicios morales de lo que está bien o está mal (entiéndase claro siempre que ambas partes estén de acuerdo y tengan capacidad para tomar libremente esa decisión), sin embargo, en mi cama se mete todo el mundo y me juzgan y me critican y me dicen que no está bien y me amenazan con el infierno sabiendo que me someten a él. Evidentemente teniendo la edad que tengo me es completamente indiferente ver en televisión una pareja lésbica estereotipada, ver que un hombre (o varios) se meten en la relación, ver cómo se las juzga, insulta o incluso agrede porque, en mi cuesta arriba, he aprendido que las cosas que no merecen la pena, resbalan y que las que sí, suben contigo.

Eso me pasó con seis hermanas, con Celia y con Aurora, que de pronto, dos personajes de televisión subían conmigo y entonces decidí que no, que eso no debía serme indiferente. No por mí, sino por todas las mujeres que veían la cuesta desde abajo, que subían sí, pero a gatas, que se daban de frente con lo que va cayendo una y otra vez y llegan a pensar que el ascenso es imposible. Yo también estuve ahí y tuve gente que me tendió la mano, no mucha, pero me aferré a ellas porque tenía claro que mi objetivo era la cima, pero no del éxito para con los demás, si no para conmigo y me di cuenta que teniendo dos manos libres, porque hace tiempo que dejé de subir a gatas, no podía no ayudar, o al menos intentarlo porque, al igual que en su momento mis referentes se fueron, sabía que estos también se irían y no me parecía justo que al hacerlo, hubiera quienes volvieran a subir en solitario o que, sencillamente, volvieran a dejarse caer. Había que hacer que entendieran que por muy solas que creyeran estar en el mundo, hay cientos, miles, millones de mujeres en su misma situación y en ello me involucré, con más o menos tino, pero esperando conseguir un corazón libre más, capaz de soltarse y unirse para ayudar, o al menos, uno con un eslabón menos en su cadena. No esperaba nada y, sin embargo, me llevé algo que buscaba hacia mucho, algo a lo que tenía miedo. Me llevé palabras de personas que necesitaban mis palabras. Palabras que pensaba no servían para nada, que había llegado a creer no merecían la pena que, en cierto modo, tiraban de mi hacía atrás sin que me diera cuenta y que gracias a quienes las leyeron con cariño, con el de verdad, hoy me han liberado de ese peso. Os estaré eternamente agradecida. Pero volvamos al tema que nos atañe, al tema por el cual estoy escribiendo esto y ese no es otro que el final de seis hermanas, el definitivo, el, como decía, agradecido.

Agradezco que se termine, aunque para muchas de nosotras terminase hace tiempo; aquel día en el que alguien hizo oídos sordos a palabras sabias que supieron ver la necesidad del motivo por el que empezó todo; una visibilidad positiva, educativa, necesaria, en un horario y en una cadena de la que nadie lo hubiera esperado jamás y de la mano de dos actrices que se dejaron la piel, los ojos y los oídos en hacer algo digno que representase lo que muchas reclamábamos desde hacía mucho tiempo. Lo agradezco porque no puedo, ni podré, aplaudir nunca el giro que le dieron a algo maravilloso, no porque desee que la gente que ha trabajado en el proyecto tenga que buscar ahora otro trabajo. No sé si sería porque no supieron seguir, porque no les dejaron o porque sencillamente no les interesaba que la gente desde sus casas pudiera comenzar a comprender que el amor entre dos mujeres no tiene nada oscuro u obsceno, que es, simplemente amor. Un amor como otro cualquiera, con su inicio tembloroso, sus miradas vergonzosas y sus roces inocentes. No les interesaba que hubiera quienes descubrieran lo duro que es darse cuenta de lo que te sucede y pudieran ponerse una hora al día en nuestra piel. Ni que se viera el trato que se recibía por él (escenas durísimas pero necesarias), que aun hoy se sigue recibiendo en muchos países, porque lo mismo se llevaban las manos a la cabeza pensando cómo es posible que a un ser humano se le torture solo por amar o peor, que vieran que eso se puede superar porque no hay tortura que pueda evitar que sintamos y, además, que es posible encontrar ese amor que anhelamos hasta hundidos en la más bochornosa mierda. El miedo es el arma más poderosa y estoy segura de que hubo alguien con miedo que se encargó de difundir ese miedo de tal manera que pronto llegase de nuevo hasta nuestras televisiones para barrer la esperanza, la naturalidad, la ilusión, el sueño, el puño en alto. Para barrer el amor que transmitía una verdad que la gente no tiene por qué conocer porque entonces perderían el miedo que tantas bocas alimenta. Un miedo convertido en hombres reclamando sus trofeos, en vecinas escandalizadas que apedrean a quienes les ayudaron, en seres sin corazón capaces de utilizar el amor para venganzas sin sentido. En palizas, violaciones, embarazos, secuestros, insultos… Porque eso es lo que te esperaba si eras lesbiana en mil novecientos catorce, porque ese es el legado que te han dejado, el que tienes que asumir, el que utilizan para decirte que tienes que permanecer callada y nosotras no nos estábamos callando.

Estábamos gritando de alegría, aplaudiendo de corazón, sonriendo de esperanza. Estábamos diciéndole a las mujeres que no se atrevían que se atrevieran, que no estaban solas, que se sentasen acompañadas a ver la historia de Celia y Aurora porque estaba tan bien llevada que las iba a ayudar a que ellos las comprendieran. Estábamos diciéndoles que podían ser libres respaldadas por una cadena que no ha sido libre jamás. ¿Cómo no íbamos a apoyar algo así?

Porque sí, podemos ayudarnos entre nosotras, a nivel individual o colectivo, pero siempre desde la utopía, desde la experiencia de las que ya se han atrevido y esa experiencia, desgraciadamente a veces ha sido tan negativa que no se ha podido superar y se manifiesta con la intención de que al resto no le suceda lo mismo que a ti y en algunos casos, da miedo. Miedo. De nuevo el miedo. No sé si sería capaz de recordar todas las veces me metieron miedo a mí. Y no digo que fuera con mala intención, no se me ocurriría juzgar a quienes intentan ayudar aunque su ayuda, no ayude en nada. Por ese miedo, o por todo lo contrario, porque haya sido demasiado bonita que, aunque en menor medida, también hay quienes pintan la andadura como un camino de rosas sin espinas sin tener en cuenta que no todas las semillas tienen la suerte de ser plantadas en las mismas tierras.

Celia y Aurora tenían esa mezcla que hace que la decisión de ser o no ser la tomes por ti misma, esa que te hace pensar, valorar lo bueno y lo malo, que consigue que te des cuenta que a veces perder también te puede hacer ganar y que ganar no implica necesariamente que no puedas perder. No eran ni blancas, ni negras, eran neutras, eran esa parte que te dice; “Como salgas del armario vas a perder” para después hacer que esa pérdida merezca la pena. Que ponen en una balanza el valor que le damos a lo que nos hace felices. Ellas representaban la naturalidad que hace que quienes se alejan vuelvan, o no, pero que si lo hacen, lo hacen para siempre, para quedarse, para apoyarte, para tratarte de una u otra forma por quien eres, no por lo que eres. Y sí, a veces hay que dar segundas oportunidades a las personas que quieren enmendar un error. Enseñaban que las cosas por las que vale la pena luchar duelen con alegría, que no todo es malo o bueno. Bajo mi punto de vista, ayudaban a que la flor indefensa se convirtiera en un hermoso fruto capaz de elegir que boca se lo podría comer y cual no. Sencillamente, eran mujeres amándose aprendiendo juntas como vivir la vida.

Pero llegó ese miedo del que os hablaba y con él los intereses de personas que son incapaces de ver más allá de sí mismos aunque presuman de girar la cabeza trescientos sesenta grados y es que siempre hay quien le saca provecho al miedo de otro porque vende más una paliza que un beso, un violador en libertad que una mujer insumisa, un matrimonio de conveniencia que el amor, una manipuladora ruin, un tío malvado, un músico drogadicto, un muchacho despechado, un marido maltratador, una venganza sin sentido, una asesina en libertad que se hace millonaria como recompensa a sus acciones y un sinfín de etcéteras que seis mujeres fuertes, valientes y luchadoras capaces de comerse un mundo que no deja de ser de los hombres. Llegó y se las comió y se jugó con algo con lo que todavía no se puede jugar porque sigue siendo de cristal y puede romperse. Y se rompió, o lo rompieron. Rompieron la magia, el encanto, las despertaron de golpe, nos despertaron de golpe y las niñas y no tan niñas empezaron a ver como la compañía que tenían al lado se levantaba del sofá porque no querían ver lo que el mundo tenía para su hija lesbiana. Eso que por un momento, pudo llegar a hacerle dudar sobre si todo lo que le habían enseñado, era mentira, Y empezaron otra vez “los te lo dije”, los “estás enferma”, los “te vas a quedar sola”, los “¿qué hemos hecho mal?” y los golpes en la mesa, las puertas que se cierran, las lágrimas que caen, los timbres que no suenan y las palabras que no se dicen porque ¿Quién en su sano juicio le diría a quien está viendo eso a tu lado que eres lesbiana?

Y muchas no queríamos creerlo, no entendíamos que estaba pasando, como era posible que estuvieran ignorando los aplausos externos y lo que es peor, los internos. Pero ahí seguíamos, explicándoles a quienes necesitaban explicación que lo importante es lo que habían dejado, que no pasaba nada, que su momento llegaría, que sería difícil pero que pasase lo que pasase con Celia y Aurora no dejaban de ser dos personajes de televisión, que lo son, pero las entiendo. Entiendo que cuando estas apolillándote dentro de un armario cerrado a cal y canto, la luz que entra cuando alguien abre para meter una bolita de alcanfor te llame la atención y que metas el dedo en la puerta para no volver a quedarte a oscuras y que respires aire limpio y te aferres a él como si no hubiera mañana y que no quieras que nadie toque tu dedo por si cierran sin querer, que incluso en tu inocencia quieras capturar la luz que ves para meterla en un bote de cristal y dejarla ahí para siempre. Yo también puse el dedo y siento deciros que me lo pillé, ese y los otros nueve, porque si hubo algo que hice bien fue enfrentarme a mí misma, al yo que empujaba desde fuera con fuerza y no dejé que nadie me dijera que no podía vencerme, ni nadie, ni nada. Tiré mis puertas sabiendo que otras se abrirían, pero para no dejarme volver y que otras se cerrarían, pero para no dejarme marchar y me refugié en ellas hasta que comprendí que las personas que se habían quedado al otro lado de las abiertas también lloraban, que la preocupación que sentían era la misma que me había mantenido luchando contra mí misma, el “qué dirán” que tanto daño puede hacer, pero es que es lo que nos han enseñado. Así que volví y entré sin llamar y levanté la cabeza y les hice entender que lo único importante para mí era lo que decían ellos. Obviamente hablo de mi familia, de la que me alejaron y a la que tuve que enseñar que, si estaban cerca, nada malo podría pasarme, nada de eso que les habían dicho que me pasaría. No fue fácil, claro que no, pero lo que conseguí lo conseguí ganándome algo que nunca hubiera logrado ganar a gritos, su respeto. Eso es lo único que le debemos enseñar a quienes ruegan aprender, respeto y es que es muy común escuchar frases como “no me entienden” o “no lo entienden” y yo me pregunto; ¿Qué tienen que entender? Yo no nunca necesité entender por qué mis padres se enamoraron y se casaron, pero respeto (y agradezco), que lo hicieran. No necesito entender por qué hay quienes creen en dios, pero lo respeto. O porqué hay quienes manipulan, engañan, utilizan y después tiran a otras personas, pero también lo respeto, aunque me defienda, porque con el paso del tiempo he aprendido que el respeto es lo único que necesitamos para ser felices, pero una tonta, tampoco es que sea. Respeto, propio y ajeno, aunque no siempre tiene porqué ir acompañado de palabras amables. Hay quienes reparten amor y te hablan bonito mientras te ponen la zancadilla y quienes te ponen la zancadilla y dicen lo que no quieres oír para demostrarte su amor. Parece contradictorio, pero no lo es, porque los primeros pretenden que te partas la boca contra el suelo para venir después con el “te lo dije” odiado, con el “yo ya lo sabía” y los segundos pretenden haciendo lo mismo que no te cruces con los primeros sin llegar a comprender que de lo primero te recuperas y que, sin embargo, de lo segundo, podrías no hacerlo. Iba a poner un ejemplo, pero el otro día leí que cuando escribimos para los demás solemos menospreciar la inteligencia de los lectores y yo confío en la vuestra, siempre lo he hecho y siempre me la habéis demostrado.

Y la conclusión de todo esto, que ya no sé ni si tiene sentido, es sencilla:

PODÉIS SER QUIENES QUERÁIS SER, independientemente de lo que diga una serie de televisión, de lo que digan vuestros padres, de lo que hagan o dejen de hacer vuestros amigos, de las veces que os caigáis, de las que os tiren, de lo que os juzguen u os critiquen porque siempre habrá quien lance piedras desde arriba, pero no todas llevaran la palabra lesbiana grabada, aunque haya quienes crean que sí. A mí, me ha dado más quebraderos de cabeza dar mi opinión y demostrar que soy capaz de pensar sola, que ser lesbiana, pero no supe que era eso y no lo otro hasta que no dejé de pelearme contra la rabia que sentía al no comprenderme. Fue entonces cuando dejé de culpar a los demás de mi condición sexual, de utilizarla como excusa para todo, “esto me lo dices porque soy lesbiana” “esto me lo hace porque soy lesbiana” y un sinfín de cabreos más que no me llevaban a nada más que discusiones absurdas con personas que no merecían mi tiempo y que encima se llevaban la razón porque mi argumentación era bastante escasa. Así que me detuve y me conocí y al hacerlo empecé a disfrutar de ella, de mí, porque sí, disfruto enormemente de mi lesbianismo, lo mismo que de mis ojos de diferente color, de la lectura o de una buena película. Las “cosas”, tienen para los demás la importancia que nosotros le damos y claro que empezar a ser consciente de que amas “diferente” es importante ¡Y claro que quita el sueño y atrae a las pesadillas! ¡Y claro que cuesta conocerse y quitarse el escudo de la rabia! Pero llega un día en el que te das cuenta de que eso ya no importa, solo que ese día no depende de nadie más que de ti y si me aceptáis un consejo os diría, que dejéis de pensar que sois lesbianas, que dejéis de compararos con otras lesbianas, que dejéis de “excusaros” en que sois lesbianas y empecéis a disfrutar de ser lesbianas. Si no lo hacéis por vosotras (que por dios espero que sí), hacedlo por todas las mujeres que como Celia y Aurora, se dejaron la piel y casi la vida por una libertad que sabían nunca llegarían a conocer.

Adriana Marquina



domingo, 2 de abril de 2017

La Estupidez en Burgos

Anoche, llegó a Burgos La Estupidez y llevo pensando que diría de una obra que iba a ver por tercera vez desde que compré las entradas hace ya dos meses. Lo pensaba porque también escribí mis impresiones las dos veces anteriores y no quería repetirme, pero claro, no pensé en que encima de un escenario, las cosas, nunca se repiten. Reconozco que esta vez iba nerviosa, no por mí, yo ya sabía que lo que iba a ver me iba a encantar, sino por la compañía que llevaba conmigo. Cuando vi que por fin mi ciudad le abría las puertas de uno de sus teatros a la compañía Feelgood y a su atrevida apuesta, me consta que no sin esfuerzo por su parte, no dudé un instante en coger el teléfono y proponer el plan a mi familia. Les expliqué un poco por encima de qué trataba la obra, el trabajo que lleva detrás, la buena aceptación que ha tenido en cada una de sus actuaciones y la ilusión que me hacía compartir con ellas, sí, en mi familia el número de mujeres es bastante superior al de hombres, una tarde diferente, una tarde de teatro. Para mi sorpresa, mis tres tías, las tres hermanas de mi madre, dijeron que sí en seguida y no solo dijeron que sí, además me ayudaron a convencerla a ella para que también se animase a estar sentada tres horas en un lugar en el que no se puede fumar, en el que no te puedes levantar y en el que hay más gente rodeándote de la que suele ser capaz de soportar. Compré las entradas de inmediato, primera fila para ellas, segunda para mí porque más personas de las que pensaba se me habían adelantado y esperé paciente a que llegase el día. Ese día fue ayer y los nervios me comían por dentro porque las conozco y conozco su exigencia. Pensaba en si las gustaría lo que estaban a punto de ver o si me mandarían a freír morcillas, porque a veces les han gustado cosas que yo he odiado y viceversa y cuando ha sido el viceversa me ha tocado aguantar las críticas y os aseguro, que no son mujeres con miedo a decir lo que piensan en cada momento.

Las luces se apagaron, el Motel abrió y tras los primeros cambios de personaje la gente empezó a murmurar, a preguntarse qué estaba pasando, quién era quién, qué hacían todos en la misma habitación. Había quien preguntaba, había quien explicaba y había quien pedía silencio. Yo miraba de reojo a las cuatro cabezas que tenía delante, temiendo lo peor, no os voy a engañar y ellas lo saben así que no pasa nada, pero estaban atentas, ajenas a lo que yo estaba escuchando así que me centré en conocer a Alfonso Mendiguchía (en las otras dos ocasiones era Javi Coll quien interpretaba sus papeles) y me alegré de hacerlo porque el tío se ha adaptado a la obra, a los personajes, al texto y a la velocidad de una forma admirable.

Las primeras carcajadas del público, entre las cuales me incluyo porque La Estupidez es uno de esos “chistes” que no te cansas de escuchar cuando sabes que quien lo cuenta tiene un don para hacerlo, llegaron más rápido de lo que yo pensaba. Burgos no es una ciudad precisamente cálida y eso, aunque a mí cuando me lo dicen me enfade, hace que las personas que llevamos el frío de sus calles en la sangre, tampoco lo seamos en exceso, o al menos, no inmediatamente. Eran carcajadas sinceras, salidas de lo más profundo de la necesidad que tenemos en esta ciudad de poder disfrutar de algo tan bueno como esta obra, o eso sentí yo, que disfrutaba a la par del público que me rodeaba y de los cinco diamantes que al reflejo de los focos habían pulido detalles que hacían imposible apartar la vista del escenario. Enhorabuena.

La obra continuaba, llevaríamos como hora y media entrando y saliendo de la habitación y, a excepción de las constantes preguntas que seguía haciéndose en voz alta una señora que tenía detrás, todos habíamos asumido ya que éramos estúpidos y estábamos encantados cuando ocurrió algo maravilloso, algo que solo puede darse en el teatro. Fran Perea, que siendo el oficial Wilcox vio como al pantalón de su uniforme se le rasgaba toda la pernera, no pudo contener el ataque de risa que le provocó seguir al lado de una Ainhoa Santamaría desatada. Fue inevitable. El aplauso que por un instante detuvo la obra, fue inevitable y en ese preciso instante en el que ellos se recomponían, supe que ya se los habían ganado a todos, a mis tías y a mi madre incluidas, que se reían tan a gusto, que no pude evitar querer detener el tiempo en ese instante, pero no se detuvo y gracias. Descanso, cigarro rápido al gélido frío de la noche burgalesa — ¿Os está gustando? Sí — y vuelta para dentro a bailar con el hit de Carola y comprobar que, al fin, la señora de detrás había asumido también su estupidez.

Siguieron las risas, las historias de los veinticuatro personajes fueron tomando todo el sentido que una obra con este título puede tomar. Habitaciones revueltas, noticias inquietantes y secretos revelados. Sirenas de policía, luces fuera y Burgos aplaudiendo a los cinco actores; Fran Perea, Toni Acosta, Javi Márquez, Ainhoa Santamaría y Alfonso Mendiguchía que, en medio de su recompensa, detuvieron los aplausos para que se los dedicásemos a una de las personas, paisana de la ciudad, que hicieron que La Estupidez fuera posible. Sois grandes. Y justo antes de ese momento, ocurrió algo que me hubiera hecho perder las manos en una hoguera si hubiera apostado, mi madre se levantó, os juro que pensé que iba a ponerse el abrigo para irse cuanto antes, pero no. Dejó sus cosas en el asiento y os aplaudió de pie. ¡MI MADRE! ¡DE PIE! No sabéis lo que es conseguir eso, no sabéis lo que me hizo sentir eso.


Cuando vi La Distancia de rescate (no penséis que me he vuelto loca que viene a cuento de lo que os quiero explicar, aunque no sé si después de la parrafada alguien habrá llegado a este punto), sentí que algunas heridas de mi corazón sanaban. Algunas personas ya lo saben, pero mi padre falleció hace cuatro años y mantenía dentro de mí una mezcla de rabia, culpa y preguntas sin respuesta que hacían difícil ser. Pues bien, creo que algo así le ocurrió ayer a mi madre. No de la misma manera, no en lo profundo de la reflexión del ser humano, aunque La Estupidez lleva consigo una carga dignísima de analizar, porque ayer no fue lo que se decía, si no lo que se conseguía y conseguir que mi madre me llamase al llegar a casa para decirme que por favor les diera las gracias a los actores de su parte, fue algo que no olvidaré jamás. Y eso voy a hacer, aunque empiece con las mías. Gracias por hacer que mereciera la pena convencerla para que saliera de casa, por hacer qué durante dos horas, más luego otra, se olvidase de que entre sus dedos no había un cigarrillo que le calme una ansiedad de la que se olvidó viendo como entrabais por una puerta siendo unos y salíais por otra siendo otros. Creo que las puertas del teatro consiguieron algo parecido con ella anoche, porque sin duda, se rio sin miedo. Sí, sin miedo a sentirse culpable de deshacerse estando despierta de la pena que sigue sintiendo, la que como una sombra se ha ido apoderando de ella, encerrándola más en sí misma, susurrándola que el mundo no la perdonaría que dejase de llorar cuando todos nos morimos por verla sonreír. Os doy las gracias de su parte, que emocionada me decía que hacía muchísimo tiempo que no se reía tanto y os las doy de la mía, que hacía muchísimo tiempo que no la veía reírse así, frente a mí, junto a sus hermanas, junto a las personas que seguimos aquí, porque hay veces en que es difícil no quedarse con las que se han ido, sobre todo cuando no entiendes el por qué. Así que gracias, gracias por devolverme ese trocito de madre que perdí junto a mi padre aquel fatídico día, por darle forma a las palabras que hacía tiempo quería decirle y no sabía cómo. Ayer La Estupidez me enseñó que hay personas que, sin pretenderlo, que sin tan siquiera saberlo, tienen en su poder el puñadito de arena necesario que ayuda a construir el dique que frena el río de la pena de quienes han quedado a merced de la ola. La ola de mi madre desde ayer es un poco menos brava, y volverá, insistirá, pero no podrá con esa arena, no podrá con sus risas, no podrá con la libertad que sentí en su voz cuando hablaba conmigo. Esa ola, no podrá con La Estupidez. 

Adriana Marquina

viernes, 31 de marzo de 2017

Havana 7 Historias

Que se muera un familiar siempre es duro. Que lo haga tu marido, lo es mucho más.

Cuando María, Alejandra y Carlota llegaron a casa, los últimos rayos de sol anunciaban el fin de un larguísimo día. María, contenía las lágrimas que Alejandra era incapaz de contener. Carlota sujetaba la mano de su madre. Desde las dudas de una niña de seis años, surgía una pregunta; ¿Cuántas lágrimas caben en el cuerpo de una persona? Ella sabía que muchas, porque alguna vez le había ocurrido que, aunque su padre insistiera, no había podido dejar de llorar. Pero siempre terminaba consiguiéndolo, aunque fuera apretando los dientes muy fuerte.
   —Carlota cariño —dijo María al ver como esta miraba a su madre —. Corre a por un pijama mientras yo te lleno la bañera ¿vale? ¡Coge uno que sea calentito! —sugirió alzando ligeramente la voz al ver a la pequeña doblar la esquina del pasillo, pero sin perder el cariño por el que Carlota hubiera hecho cualquier cosa —Vamos a la cocina, te prepararé un vaso de leche caliente —añadió dirigiéndose esta vez a Alejandra.
   —Solo quiero dormir —sollozó —. Déjame dormir —repitió intentando mostrar un enfado que se difuminó por la falta de fuerza —, por favor. ¡Por favor! —repitió mientras María la ayudaba a sentarse en una de las sillas de la cocina.
   —Cariño, en cuanto te tomes la leche te vas a la cama —dijo con ternura acariciándole el rostro —. No puedes dormir sin meter nada en el estómago, llevas sin comer desde ayer.
   —No quiero comer. No puedo —respondió golpeando el aire con el puño cerrado —. ¡Se ha muerto! —rompió a llorar desesperada de nuevo apoyando la cabeza sobre la mesa de la cocina —¡Muerto! No sé qué voy a hacer sin él. No puedo vivir sin él.

El vientre de María sustituyó a la mesa mientras la rodeaba con los brazos y le acariciaba la cabeza. No sabía que decir que no hubiera dicho ya. Así que le dejó el vaso de leche sobre la mesa, sacó del armario una de las pastillas que utilizaba ella para poder conciliar el sueño y le prometió que la dejaría dormir lo que quedaba de tarde, toda la noche y todo lo que necesitase. Que se encargaría de la niña y, que no iba a faltarles de nada, que nunca dejaría que a ninguna de las dos les faltase nada.
Aquella promesa consiguió que el vaso quedase a la mitad, que le diera un beso a su hija mientras se metía en la bañera y desapareciera tras la puerta de una habitación que contenía tantos recuerdos que apenas quiso abrir los ojos. Allí se habían dado el primer beso. Allí habían hecho el amor por primera vez. Allí habían pasado horas y horas encerrados. A Juan no le gustaba salir y a Alejandra no le importaba quedarse en casa con tal de estar con él.  
   —¿Qué tal va mi pequeña? —preguntó María apoyada en la puerta del baño intentando sonreír, aunque le costaba hacerlo.
   —Bien abuela, todavía no estoy arrugada —dijo mirándose los dedos de las manos —¿Puedo quedarme un poco más?
   —¡Claro! ¿Puedo quedarme contigo? —preguntó sabiendo la respuesta mientras se sentaba sobre la tapa de la taza del váter.

La espuma comenzó a desaparecer a medida que Carlota jugaba con ella. Le encantaba hacer como que tenía barba, bigote o hacerse crestas y coletas raras en el pelo y María siempre se aseguraba de que tuviera suficiente jabón como para que pudiera hacerlo. En su casa tenían bañera, pero nunca la dejaban llenarla, así que cuando le tocaba bañarse en casa de la abuela lo disfrutaba como la que más. Como la niña que era. Aquel día no fue una excepción, pero si había habido una. Una semana atrás la niña no quiso desnudarse. Por más que su abuela intentó convencerla, cosa extraña pues como digo le encantaba, no pudo. María descubrió el motivo cuando, al posar la mano sobre el hombro de la pequeña para mirarla a los ojos e intentar sonsacarle que le ocurría, esta se quejó de dolor.
   —¿Qué te ha pasado cariño? —preguntó al apartar la camiseta con cuidado y descubrir un enorme moratón en la frágil piel.
   —Un niño me hizo ayer la zancadilla y me caí.

María sabía que su nieta le estaba mintiendo. La conocía de sobra, ella le había devuelto la vida que su marido le había ido arrebatando durante los cuarenta años que estuvieron casados. En los cuarenta años que tuvo que esperar hasta quedarse viuda.
   —Espero que la profesora le dijera que eso no se hace y que se lo contase a sus papás —respondió María aliviando el sentimiento de culpa que no le correspondía sentir a su temblorosa nieta —. ¿Prefieres que hagamos otra cosa? ¿Un puzle por ejemplo?

Sabía que la historia se estaba repitiendo. Lo había visto en los ojos de Alejandra, pero cuando había intentado hablar con ella lo único que había conseguido es que pasasen semanas hasta poder volver a ver a Carlota. Aquel día confirmó que la pesadilla iba más allá, que ni siquiera la niña podría escapar de ella... Una gota de agua sacó a María del recuerdo amargo de aquella tarde.
   —¿Me has mojado tú? —preguntó transformando su pensativo rostro en una inmensa sonrisa mientras metía las manos en el agua y chapuscaba a su nieta que le respondió del mismo modo.
   —¡Abuela! —dijo mientras María la envolvía en una enorme toalla para llevarla al sofá del salón donde la pequeña había dejado el pijama — ¿Por qué mamá está tan triste?
   —Porque la gente se pone triste cuando se muere alguien a quien se quiere cariño.
   —¡Ya! —respondió pensativa — Lo que no entiendo, es porqué.
   —Porqué ¿qué?
   —Por qué lo quería.

Aquella respuesta dejó a María descolocada. Incluso la hizo sentir culpable. Como si querer a Juan fuera un pecado imperdonable.
   —¿Tu no querías a papá? —preguntó sin saber muy bien cuál iba a ser la respuesta.
   —Lo quería… —comenzó a decir midiendo las palabras, si es que una niña de seis años puede hacer eso — … pero dejé de hacerlo cuando…
   —¿Cuándo qué cariño?
   —Cuando me caí —terminó, agachando la mirada, sabiendo que acababa de confesarle a su abuela la mentira.
   —Te entiendo —respondió sin reprocharle absolutamente nada, para después cogerla como el saquito que parecía, sentarla sobre sus rodillas y envolverla con sus brazos —. Yo también dejé de quererle un poco más aquel día.

Carlota, levantó la cabeza que había escondido en el hombro de su abuela. La miró a los ojos y sonrió como si aquellas palabras la hubieran liberado de una pesada cadena que arrastraba sin comprender por qué, aunque en ella aún podía verse el reflejo de alguna duda.
   —¡Cariño! Sabes que puedes preguntarme lo que quieras ¿Verdad?
   —¿Por qué mamá no dejó de quererle? ¿Por qué no dejó de quererle cuando la gritaba? ¿Cuándo…?
   —¿Cuándo la pegaba? —preguntó María con la sensación de estar manteniendo con su nieta una conversación que no se debería mantener nunca con una niña y, sin embargo, sabiendo que debía hacerlo.
   —Sí —sollozó como si estuviera reviviendo alguna escena que tampoco tendría porque haber vivido.
   —No lo sé cariño. No lo sé. A veces las personas queremos a otras personas, aunque no se lo merezcan.

Las preguntas de Carlota, inocentes pero cargadas con una pesada verdad que hizo que María se plantease por qué ella tampoco había dejado de querer a su marido, detuvieron el tiempo por un instante. El tiempo justo para recordarse cubriendo los moratones de su rostro con maquillaje para ir a la salida del colegio y que las demás madres no pudieran verlos. Para que las mentiras que le contaba a su familia, de la que poco a poco se alejó porque las consecuencias que tenía verlos eran cada vez más duras, no le siguieran atormentando el alma. Para que su sentimiento de culpa, no siguiera humillándola cada vez que se miraba en el espejo. Maquillaje. Un maquillaje que se quitaba llorando frente al espejo que, día sí y día también, le recordaba que no era digna de un hombre que lo hacía todo por ella, de un hombre al que, literalmente, le debía la vida.
   —¿Qué piensas abuela? Tú también puedes contarme lo que quieras.

Aquel ofrecimiento hizo sonreír a María, pero prefirió no decirle la verdad, sus heridas ya habían hecho demasiado daño y las que la pequeña guardaba en su cabeza ya eran suficientes.
   —Estaba pensando que tengo una masa para hacer croquetas en el frigorífico desde hace dos días y que sí no las hago ya, la tendré que tirar. ¿Me ayudas y las cenamos?

Carlota asintió. Saltó de las piernas de su abuela y se puso el pijama corriendo. Le encantaba cocinar con ella porque su madre tampoco dejaba que entrase en la cocina. Decía que lo iba a hacer mal y que papá se enfadaría, pero a María no le importaba si las croquetas quedaban iguales o no, si unas eran más pequeñas que otras o si tenían más o menos pan rallado, hacía tiempo que había empezado a hacerlas como le venía en gana.

Mientras Carlota preparaba la banqueta en la que se arrodillaría para llegar a la mesa y echaba el pan en un plato procurando, sin mucho éxito, no tirar fuera demasiado, María rompió dos huevos en uno hondo y comenzó a batirlos. El sonido del tenedor contra el plato la llevó a otro momento, en aquella misma cocina, solo que en aquella ocasión se vio machacando una decena de pastillas de Sintrom en el mortero para después verter el resultado en la mahonesa con ajo que acababa de hacer para que su marido se comiera los filetes sin protestar. Machacando pastillas para después mezclarlas con la carne picada de las albóndigas que ella nunca comía, pero de las que él no dejaba ni la salsa. Machacando, mezclando y ofreciéndoselo día tras día, hasta conseguir lo que el azaroso e injusto infarto que había permitido que regresase a casa, no había conseguido. Había confiado en él y la había fallado, los médicos la habían fallado, lo habían salvado y aunque pensó que quizá aquello le cambiaría, que le haría reflexionar, se equivocó. Su marido había regresado a casa enfadado con la vida, más enfadado de lo que ya estaba antes, con la rabia desatada y la mano mucho más suelta. Volvió enfadado, pero creyéndose inmortal y María no pudo soportar aquella mezcla, no por ella, sino por el bebé que descansaba en la habitación de al lado mientras sus padres trabajaban. Carlota no merecía un abuelo así, ni una abuela que apenas pudiera cogerla en brazos por los golpes que escondía bajo la ropa, con un bebé que lo hubiera soportado ya había tenido bastante.

Una lágrima calló en los huevos batidos. Con la manga de la chaqueta se limpió el rostro confiando en que Carlota no se hubiera dado cuenta, pero la niña hacía rato que la miraba sin decir nada.
   —¿Empezamos? —preguntó María dejando el plato en la mesa, disimulando, sonriendo mientras seguía llorando por dentro porque sí, lo había matado, pero no, no había sido fácil tomar la decisión de hacerlo.
   —Abuela, ¿crees que mamá me dejará cocinar con ella ahora que papá ya no está? —preguntó la pequeña tras terminar de darle a una de las croquetas forma de corazón, o al menos de intentarlo.
   —Seguro que sí, cariño, seguro que sí. Y si no te deja, la convenceremos para que lo haga ¿vale?
   —¿Vamos a vivir todas juntas ahora? —volvió a preguntar esperanzada.
   —No lo sé. Ya sabes que a mí no me importaría, pero eso lo tiene que decidir tu madre. De momento os quedaréis aquí un par de días, luego ya veremos.
   —¡Ojalá quiera!
   —¡Ojalá!

La cena quedó de lo más divertida. María se unió al juego de dar formas diferentes a las croquetas y, aunque en realidad ninguna parecía lo que se suponía que era, no les importó porque podían imaginar lo que les diera la gana sin que nadie les echase en cara que soñar, no sirve de nada.
   —Abuela ¿Cómo pasó?
   —¿El qué cariño?
   —¿Cómo ha muerto papá? Mamá no me lo ha querido contar.

María se quedó pensativa. Mientras el vaso de leche de Carlota daba vueltas en el microondas, pensó en que decirle. Que había sido un accidente es lo único que se le ocurrió, pero ella sabía que era mentira. Que el barreño con lejía y agua no estaba por azar en la bañera, que los dos botes de desatascador que esperaban en el desagüe tampoco. María sabía que si algo odiaba Juan es que, al ir a ducharse para intentar disimular el hedor a alcohol antes de que llegasen a casa su mujer y su hija, hubiera algo en la bañera que le impidiera hacerlo rápido. Sabía que entraría directamente al baño, que cerraría el pestillo, que al ver el barreño lo vaciaría de malas maneras y que estaría tan enfadado que no prestaría atención a nada mientras se desnudaba, que se introduciría en la bañera siendo incapaz de ver más allá de su propio odio. María sabía que Juan la culparía a ella, su mujer tenía bien aprendida la lección y nunca dejaba nada que pudiera molestarle, pero le dio lo mismo porque sabía que en aquella ocasión Juan no podría reprocharle nada, que la mezcla de todo aquello acabaría con su vida, lo había visto en un programa de televisión y lo preparó todo mientras no había nadie en casa, midiendo el tiempo para que la mezcla fuera lo suficientemente fuerte, pero se hizo la sorprendida cuando los médicos les explicaron lo que había ocurrido, incluso fue capaz de fingir una culpa que apenas sentía. Tenía llaves, a veces iba para ayudar a Alejandra para evitarle enfrentamientos con su marido, entre el trabajo y la niña casi no tenía tiempo de tenerlo todo como a él le gustaba, pero no había podido dejar de darle vueltas a la caída de Carlota y María no estaba dispuesta a consentirlo. Podría haberle denunciado, pero ella lo había intentado dos veces con su marido y sabía que, siendo la justicia tan lenta, las represalias por hacerlo llegarían antes que la solución.
   —Fue un accidente cariño —dijo decidiéndose al fin, evitando más detalles. ¿Cómo iba a explicarle a su nieta que lo había provocado ella? —. Lo único que debe importarte ahora, es que ni tú, ni mamá, volveréis a caeros más.

Carlota no pidió más explicaciones, el abrazo que le dio a su abuela como respuesta lo dejó todo claro y acarició con cariño la conciencia de una mujer que no se sentía orgullosa de lo que había hecho pero que sabía qué, si su nieta podía vivir sin el miedo con el que había vivido ella y con el que estaba segura vivía su madre a pesar de que el amor contaminado que sentía por Juan le impidiera verlo, ella también podría vivir en paz.
   —Creo que va siendo hora de que te vayas a la cama cariño —dijo María cuando Carlota se terminó la leche —. Vete a darle un beso a mamá y si quieres duermes conmigo ¿Vale? Yo iré enseguida.

La niña sonrió entusiasmada. Adoraba dormir con su abuela, ella no sabía explicarlo, pero algo la hacía sentir que entre sus brazos nada podría ocurrirle. Carlota tenía pesadillas, no se lo decía a nadie porque cuando con cuatro años le contó a su madre que soñaba que papá entraba en su cuarto y la gritaba y hacía daño, Alejandra se enfadó muchísimo. En realidad, con ella misma, aunque también era incapaz de explicarlo porque dicen que no hay más ciego que el que no quiere ver, pero es mentira, porque no querer ver no apaga la luz, pero que no te dejen, lo sume todo en una oscuridad aterradora en la que no respirar se convierte en la mejor opción. Eso le ocurría a Alejandra, no respiraba y procuraba que su hija tampoco lo hiciera porque según Juan, si alguien tenía que hacerlo, ese era él.

Cuando María se quedó a solas en la cocina, abrió la ventana, se encendió un cigarrillo y lloró apoyada en ella todo lo que no había llorado desde que cerró la puerta de la casa en la que algunas horas más tarde encontraron muerto a Juan. Lloró desconsolada. Lloró por el primer tortazo que perdonó porque cuando ocurrió a todo el mundo le parecía normal que un marido aleccionase a su mujer de vez en cuando. Lloró por el dolor que sintió cuando en un forcejeo le rompió la muñeca. Por todos los platos rotos. Por los cristales reventados a puñetazos que iban destinados a ella y que evitaba encerrándose durante horas en el baño. Lloró por haberle entregado al miedo su cuerpo, por haber dejado que la educación del bebé que nació fruto de aquella dolorosa entrega creciera con la idea impuesta de que su madre era una cobarde, que era una inútil, que no servía para nada. Lloró por las maletas que no había llenado. Por todas las veces que había callado. Lloró. Hasta que el cigarro se consumió entre sus dedos, hasta que sus huesos quedaron ateridos por el viento frío de la noche que le golpeaba la cara con agujas de libertad, porque al fin la había conseguido, para ella, para Alejandra y para su pequeña y era buena, la libertad siempre lo es, pero dolía.
   —Abuela —susurró una voz desde la puerta —. No puedo dormir ¿Vienes a contarme un cuento?

María se secó las lágrimas antes de girarse. Miró al cielo de nuevo, rogándole que, aunque no lo merecieran cuidase de ellos, rogándole que ambos se hubieran desprendido de los demonios que asomaban en sus ojos y que, pasase lo que pasase, ninguna de las tres tuviera que ver ninguno nunca más.
   —¡Claro cariño! Ya sabes que me encanta contarte cuentos.

   —Abuela —volvió a susurrar Carlota mientras avanzaban por el pasillo en dirección a la habitación —. Cuándo papá era pequeño ¿También le contabas cuentos?

Adriana Marquina

jueves, 16 de marzo de 2017

Batalla

La noche cerrada se burla de mi insomnio. Escucho sus carcajadas. Se cuelan con el aire que entra por la ventana entreabierta. Me dice que me tiene atrapada que, aunque me acueste y cierre los ojos no podré conciliar el sueño. ¡Pobre ingenua! ¡Cerrar los ojos! Envidia, eso es lo que siente, por eso se ríe así, por eso no quiere que me acueste a tu lado, porque quiere ser ella la que cubra tu cuerpo, la que disfrute tus labios, la que se cuele en tus sueños. Te miro y la mueca de tus labios sonríe al ritmo relajado de tu corazón. Tu cuerpo se adivina bajo la sábana blanca que te cubre. La retiro con la mirada, no me levanto, no quiero despertarte. Estás preciosa. Eres preciosa. Tus piernas entrelazadas. Los brazos rodeándote el pecho me impiden disfrutar de la curva que me vuelve loca. Tu melena oscura cae por tu espalda, cubre la almohada, me busca por ella sin saber que estoy aquí sentada, al otro lado, dibujándote con palabras, haciéndote el amor.

Ha dejado de reírse. Se ha enfadado y ha cerrado la ventana sobresaltándote. Creo que ha dejado mi corazón al otro lado. Le escucho golpear el cristal pidiendo que le rescate de unas manos que no son las tuyas, de unos besos que no saben a tus labios, de “te quieros” llenos de ausencia, de la ausencia de ti. Me falta el aire. Te veo, pero no puedo tocarte. Intento alcanzarte, pero la noche te aleja. Es extraño, de repente se ha vuelto mezquina, pero me niego. Me niego a dejar que gane esta batalla. A hacerle el amor a alguien que no seas tú.

Me levanto y corro en su ayuda. La ventana se aleja. Mi corazón intenta evitarlo y empuja con todas sus fuerzas el pesado marco para volver a entrar. No quiere perderte, la noche piensa que sí, pero es porque no le conoce. No sabe nada. No entiende nada. Si lo hiciera sabría que esa Celia a la que está reclamando ya no existe. Que se fue con el amor de su vida para no regresar jamás. Que aun con todo lo que luchó le quedan fuerzas. Que la tinta no se borra. Que las palabras pueden estar llenas o vacías. Que pueden iluminar con su luz el más terrible de los cataclismos.

Ha estallado. El cristal ha estallado. Lo he recuperado.

—¿Qué ha pasado? ¿Estás bien?

Ya es mío de nuevo.

—Sí cariño, estoy bien.

No podrás conmigo. No podrás con su luz. No podrás con nuestra candela.

—¿Qué ha pasado?

¡Su voz!

—Una corriente de aire ha roto el cristal de la ventana. No te levantes que hay cristales. Yo los recojo. 

No te tengo miedo. No me tengo miedo.

Un landó negro con dos corceles blancos engalanados esperaba a la sombra justo enfrente de la puerta del hostal. Su estancia en Cádiz había finalizado y tenían que coger otro tren que las llevase hasta su próximo destino. Cuando salieron a la calle, el sol gaditano las despidió deshaciéndose de una nube despistada que, crecida, había creído que podría con él. Aurora se cubrió los ojos con la palma de la mano y Celia estiró el cuello como si quisiera apoderarse de cada uno de los rayos que le estaban siendo regalados.

—Voy a echarlo de menos —dijo Aurora girando sobre sí misma antes de subirse al carruaje.

—Siempre podemos regresar —respondió Celia dándola una cariñosa palmadita en el trasero.

El cochero, cargó las maletas, subió y cogió las riendas. Miró por la ventanilla que daba al interior para comprobar que ambas estaban sentadas y con un sutil movimiento de manos, hizo que los caballos comenzasen a moverse. Aurora, abrió la cortinilla de la parte derecha para poder ver el mar mientras salían, Celia, a su vez, recostó la cabeza sobre su hombro y cerró los ojos para poder olerlo.

—Aún no me creo que estemos aquí.

—Yo, sencillamente, aun no me creo que estemos —respondió Celia en un suspiro que alborotó a las gaviotas que siempre atentas oteaban el horizonte a la espera de las barcas que llegaban hasta la orilla cargadas de pescado.

—¿Por qué dices eso?

—No lo sé. A veces siento que la Celia que se ha quedado en Madrid necesitase de mí. Es como si sintiera que ha perdido el rumbo, que ha cambiado, que se ha obligado a ser sin ti sabiendo que será imposible.

—Es normal que sientas eso —respondió Aurora acariciándole el rostro —. Ella tendrá que hacer su vida con lo que le ha quedado. Con lo que la dejen. ¿Quieres regresar? —preguntó con la voz entristecida.

—No —dijo rotundamente, incorporándose de nuevo, sujetando la cara de Aurora con las manos, besándola despacio, como si fueran sus labios lo único que necesitase para ser feliz —. Creo que es ella la que quiere que regrese, pero la Celia que se quedó en Madrid tendrá que sobrevivir sin mí. Estoy segura de que podrá hacerlo. A ella le queda una vida por delante y no tiene más remedio que vivirla, pero tú y yo, a ti y a mí, nos queda toda la eternidad y eso, Meine Liebe, no lo cambiaría por nada del mundo.

—¿Estás segura?

—No he estado más segura de nada en la vida —respondió entrelazando su mano con la de Aurora que sonrió con una de esas sonrisas suyas capaces de deshacer hielo.

Ambas volvieron a mirar por la ventana. El mar seguía sus pasos, como si quisiera disfrutar de ellas tanto como ellas ansiaban seguir disfrutando de él. De la calma. De la brisa. De la sal que escuece, pero cierra heridas. Celia se llevó la mano al pecho y sonrió al sentir que bajo la blusa no había cicatriz alguna a pesar del empeño de la noche.

—Anoche, cuando se rompió el cristal no estabas en la cama ¿verdad? —apuntó Aurora de repente.

—No, no lo estaba.
—¿Estuviste escribiendo? —preguntó señalando la carpeta roja que la Silva había dejado apoyada en el asiento de enfrente.

—Sí, se puede decir que sí, aunque creo que más bien estuve librando una batalla.

—¿Y quién ganó? —preguntó con la mirada curiosa.


—Tú Aurora. Siempre ganarás tú. 

Adriana Marquina