viernes, 21 de abril de 2017

Agradecida

Qué triste es ese momento en el que te alegras de que algo que te ha hecho feliz, termine. Aunque sepas que lo había hecho hace tiempo, aunque lo estuvieras esperando. Y no es que te alegres por maldad, si no que te alegras porque prefieres que dejen en paz tus recuerdos, que dejen de reírse de ellos, de pisarlos, de menospreciarlos, venga de quien venga. Porque sí, eso es lo que ha pasado con seis hermanas, o al menos lo que me ha pasado a mí, pero antes de daros mis motivos y de decir algunas cosas que necesito decirles a las Aureliers y a quien quiera haya sido el responsable de llevar a pique el barco, quiero agradecerle al equipo que hizo posible el maravilloso comienzo y a todas las personas que se involucraron y creyeron en la fuerza de la mujer y, sobre todo en lo que a mi concierne, en la fuerza de la mujer lesbiana, que nos regalaseis tantos y tantos momentos que nunca olvidaremos. A las seis actrices que han llevado estos dos años el apellido Silva quiero darles la enhorabuena porque, me gustase más o menos el personaje, siempre los habéis defendido con la profesionalidad y el cariño que merecían. Ha sido un auténtico placer veros trabajar, tanto a vosotras como al resto del elenco que rodeaba la vida de las Silva, pero tengo que centrarme en Candela y Luz, que espero ya sean conscientes de lo que han supuesto para muchas su Celia y su Aurora. Gracias, una vez más y de todo corazón, por vuestras interpretaciones y por vuestra implicación. Por la constancia y el apoyo. Por cada una de las sonrisas que nos habéis regalado fuera y dentro de la pantalla. Ojalá podamos veros juntas en un futuro, ya sea en otra serie o en un teatro que os aseguro llenaréis porque os merecéis todo lo bueno que pueda depararos esa profesión que amáis. ¡Qué placer haberos visto trabajar juntas! ¡Qué placer haberos podido conocer! ¡Qué, Placer!

Y ahora sí voy a hablaros de lo que he venido a hablar porque como era de suponer, no podía no decir nada en este último día de Seis Hermanas. Tengo la sensación de que se han reído de “mi vida”, de mi forma de amar, de la “batalla” en la que llevo peleando desde que con doce años supe que me gustaban las mujeres, desde que con diecisiete decidí dejar de esconderme y puse en una balanza lo que me hacía feliz y lo que estaría dispuesta a pagar por serlo, porque sí, ser lesbiana muchas veces implica pagar un precio y ese precio a veces es mayor de lo que creemos vamos a poder soportar. A veces se hace cuesta arriba, bueno miento, siempre es cuesta arriba, pero al final las piernas se acostumbran y llega un momento en el que te das cuenta de que subir, merece la pena.

Digo que tiene un precio, pero no hablo de dinero, nada de lo que he hecho nunca por mi o por los demás, ha sido por eso. Hablo de la familia, de los amigos, de los trabajos, de la gente que te cruzas por la calle. De todos los que aparecen y se van porque no llegan a comprender que seas capaz de amar a otra mujer. Y no lo entienden porque nadie se lo ha explicado, no al menos de la forma en la que deberían haberlo hecho. Las lesbianas llevamos el estigma del pelo corto y la camisa de cuadros (aunque alguna nos haya robado el corazón), de la tijera y el consolador, de no saber lo que es una buena polla, de ser mujeres frustradas llenas de desilusiones heterosexuales o peor, de abusos. Lo que el mundo enseña del amor homosexual, lo que la historia cuenta, lo que el presente sigue enseñando en más ocasiones de las que debería, es que estamos enfermas, que somos viciosas, que nunca podremos ser felices porque no nos lo merecemos, porque somos antinaturales. ¡Naturales! ¡Madre mía! Y podría entender que esto pasase hace cien años, que la gente tuviera miedo a lo desconocido porque era lo que les decían que tenían que hacer, pero ¿ahora que ya se ha demostrado por activa y por pasiva que nos somos eso que demonizan? ¿Qué hay cientos de plataformas con cuya ayuda se podría reeducar esa imagen? ¿Por qué no se hace? ¿Por qué no se enseña? ¿Por qué no se educa? Y lo más importante, ¿Por qué nos tienen miedo? Yo nunca me he metido en la cama de nadie, no al menos con prejuicios morales de lo que está bien o está mal (entiéndase claro siempre que ambas partes estén de acuerdo y tengan capacidad para tomar libremente esa decisión), sin embargo, en mi cama se mete todo el mundo y me juzgan y me critican y me dicen que no está bien y me amenazan con el infierno sabiendo que me someten a él. Evidentemente teniendo la edad que tengo me es completamente indiferente ver en televisión una pareja lésbica estereotipada, ver que un hombre (o varios) se meten en la relación, ver cómo se las juzga, insulta o incluso agrede porque, en mi cuesta arriba, he aprendido que las cosas que no merecen la pena, resbalan y que las que sí, suben contigo.

Eso me pasó con seis hermanas, con Celia y con Aurora, que de pronto, dos personajes de televisión subían conmigo y entonces decidí que no, que eso no debía serme indiferente. No por mí, sino por todas las mujeres que veían la cuesta desde abajo, que subían sí, pero a gatas, que se daban de frente con lo que va cayendo una y otra vez y llegan a pensar que el ascenso es imposible. Yo también estuve ahí y tuve gente que me tendió la mano, no mucha, pero me aferré a ellas porque tenía claro que mi objetivo era la cima, pero no del éxito para con los demás, si no para conmigo y me di cuenta que teniendo dos manos libres, porque hace tiempo que dejé de subir a gatas, no podía no ayudar, o al menos intentarlo porque, al igual que en su momento mis referentes se fueron, sabía que estos también se irían y no me parecía justo que al hacerlo, hubiera quienes volvieran a subir en solitario o que, sencillamente, volvieran a dejarse caer. Había que hacer que entendieran que por muy solas que creyeran estar en el mundo, hay cientos, miles, millones de mujeres en su misma situación y en ello me involucré, con más o menos tino, pero esperando conseguir un corazón libre más, capaz de soltarse y unirse para ayudar, o al menos, uno con un eslabón menos en su cadena. No esperaba nada y, sin embargo, me llevé algo que buscaba hacia mucho, algo a lo que tenía miedo. Me llevé palabras de personas que necesitaban mis palabras. Palabras que pensaba no servían para nada, que había llegado a creer no merecían la pena que, en cierto modo, tiraban de mi hacía atrás sin que me diera cuenta y que gracias a quienes las leyeron con cariño, con el de verdad, hoy me han liberado de ese peso. Os estaré eternamente agradecida. Pero volvamos al tema que nos atañe, al tema por el cual estoy escribiendo esto y ese no es otro que el final de seis hermanas, el definitivo, el, como decía, agradecido.

Agradezco que se termine, aunque para muchas de nosotras terminase hace tiempo; aquel día en el que alguien hizo oídos sordos a palabras sabias que supieron ver la necesidad del motivo por el que empezó todo; una visibilidad positiva, educativa, necesaria, en un horario y en una cadena de la que nadie lo hubiera esperado jamás y de la mano de dos actrices que se dejaron la piel, los ojos y los oídos en hacer algo digno que representase lo que muchas reclamábamos desde hacía mucho tiempo. Lo agradezco porque no puedo, ni podré, aplaudir nunca el giro que le dieron a algo maravilloso, no porque desee que la gente que ha trabajado en el proyecto tenga que buscar ahora otro trabajo. No sé si sería porque no supieron seguir, porque no les dejaron o porque sencillamente no les interesaba que la gente desde sus casas pudiera comenzar a comprender que el amor entre dos mujeres no tiene nada oscuro u obsceno, que es, simplemente amor. Un amor como otro cualquiera, con su inicio tembloroso, sus miradas vergonzosas y sus roces inocentes. No les interesaba que hubiera quienes descubrieran lo duro que es darse cuenta de lo que te sucede y pudieran ponerse una hora al día en nuestra piel. Ni que se viera el trato que se recibía por él (escenas durísimas pero necesarias), que aun hoy se sigue recibiendo en muchos países, porque lo mismo se llevaban las manos a la cabeza pensando cómo es posible que a un ser humano se le torture solo por amar o peor, que vieran que eso se puede superar porque no hay tortura que pueda evitar que sintamos y, además, que es posible encontrar ese amor que anhelamos hasta hundidos en la más bochornosa mierda. El miedo es el arma más poderosa y estoy segura de que hubo alguien con miedo que se encargó de difundir ese miedo de tal manera que pronto llegase de nuevo hasta nuestras televisiones para barrer la esperanza, la naturalidad, la ilusión, el sueño, el puño en alto. Para barrer el amor que transmitía una verdad que la gente no tiene por qué conocer porque entonces perderían el miedo que tantas bocas alimenta. Un miedo convertido en hombres reclamando sus trofeos, en vecinas escandalizadas que apedrean a quienes les ayudaron, en seres sin corazón capaces de utilizar el amor para venganzas sin sentido. En palizas, violaciones, embarazos, secuestros, insultos… Porque eso es lo que te esperaba si eras lesbiana en mil novecientos catorce, porque ese es el legado que te han dejado, el que tienes que asumir, el que utilizan para decirte que tienes que permanecer callada y nosotras no nos estábamos callando.

Estábamos gritando de alegría, aplaudiendo de corazón, sonriendo de esperanza. Estábamos diciéndole a las mujeres que no se atrevían que se atrevieran, que no estaban solas, que se sentasen acompañadas a ver la historia de Celia y Aurora porque estaba tan bien llevada que las iba a ayudar a que ellos las comprendieran. Estábamos diciéndoles que podían ser libres respaldadas por una cadena que no ha sido libre jamás. ¿Cómo no íbamos a apoyar algo así?

Porque sí, podemos ayudarnos entre nosotras, a nivel individual o colectivo, pero siempre desde la utopía, desde la experiencia de las que ya se han atrevido y esa experiencia, desgraciadamente a veces ha sido tan negativa que no se ha podido superar y se manifiesta con la intención de que al resto no le suceda lo mismo que a ti y en algunos casos, da miedo. Miedo. De nuevo el miedo. No sé si sería capaz de recordar todas las veces me metieron miedo a mí. Y no digo que fuera con mala intención, no se me ocurriría juzgar a quienes intentan ayudar aunque su ayuda, no ayude en nada. Por ese miedo, o por todo lo contrario, porque haya sido demasiado bonita que, aunque en menor medida, también hay quienes pintan la andadura como un camino de rosas sin espinas sin tener en cuenta que no todas las semillas tienen la suerte de ser plantadas en las mismas tierras.

Celia y Aurora tenían esa mezcla que hace que la decisión de ser o no ser la tomes por ti misma, esa que te hace pensar, valorar lo bueno y lo malo, que consigue que te des cuenta que a veces perder también te puede hacer ganar y que ganar no implica necesariamente que no puedas perder. No eran ni blancas, ni negras, eran neutras, eran esa parte que te dice; “Como salgas del armario vas a perder” para después hacer que esa pérdida merezca la pena. Que ponen en una balanza el valor que le damos a lo que nos hace felices. Ellas representaban la naturalidad que hace que quienes se alejan vuelvan, o no, pero que si lo hacen, lo hacen para siempre, para quedarse, para apoyarte, para tratarte de una u otra forma por quien eres, no por lo que eres. Y sí, a veces hay que dar segundas oportunidades a las personas que quieren enmendar un error. Enseñaban que las cosas por las que vale la pena luchar duelen con alegría, que no todo es malo o bueno. Bajo mi punto de vista, ayudaban a que la flor indefensa se convirtiera en un hermoso fruto capaz de elegir que boca se lo podría comer y cual no. Sencillamente, eran mujeres amándose aprendiendo juntas como vivir la vida.

Pero llegó ese miedo del que os hablaba y con él los intereses de personas que son incapaces de ver más allá de sí mismos aunque presuman de girar la cabeza trescientos sesenta grados y es que siempre hay quien le saca provecho al miedo de otro porque vende más una paliza que un beso, un violador en libertad que una mujer insumisa, un matrimonio de conveniencia que el amor, una manipuladora ruin, un tío malvado, un músico drogadicto, un muchacho despechado, un marido maltratador, una venganza sin sentido, una asesina en libertad que se hace millonaria como recompensa a sus acciones y un sinfín de etcéteras que seis mujeres fuertes, valientes y luchadoras capaces de comerse un mundo que no deja de ser de los hombres. Llegó y se las comió y se jugó con algo con lo que todavía no se puede jugar porque sigue siendo de cristal y puede romperse. Y se rompió, o lo rompieron. Rompieron la magia, el encanto, las despertaron de golpe, nos despertaron de golpe y las niñas y no tan niñas empezaron a ver como la compañía que tenían al lado se levantaba del sofá porque no querían ver lo que el mundo tenía para su hija lesbiana. Eso que por un momento, pudo llegar a hacerle dudar sobre si todo lo que le habían enseñado, era mentira, Y empezaron otra vez “los te lo dije”, los “estás enferma”, los “te vas a quedar sola”, los “¿qué hemos hecho mal?” y los golpes en la mesa, las puertas que se cierran, las lágrimas que caen, los timbres que no suenan y las palabras que no se dicen porque ¿Quién en su sano juicio le diría a quien está viendo eso a tu lado que eres lesbiana?

Y muchas no queríamos creerlo, no entendíamos que estaba pasando, como era posible que estuvieran ignorando los aplausos externos y lo que es peor, los internos. Pero ahí seguíamos, explicándoles a quienes necesitaban explicación que lo importante es lo que habían dejado, que no pasaba nada, que su momento llegaría, que sería difícil pero que pasase lo que pasase con Celia y Aurora no dejaban de ser dos personajes de televisión, que lo son, pero las entiendo. Entiendo que cuando estas apolillándote dentro de un armario cerrado a cal y canto, la luz que entra cuando alguien abre para meter una bolita de alcanfor te llame la atención y que metas el dedo en la puerta para no volver a quedarte a oscuras y que respires aire limpio y te aferres a él como si no hubiera mañana y que no quieras que nadie toque tu dedo por si cierran sin querer, que incluso en tu inocencia quieras capturar la luz que ves para meterla en un bote de cristal y dejarla ahí para siempre. Yo también puse el dedo y siento deciros que me lo pillé, ese y los otros nueve, porque si hubo algo que hice bien fue enfrentarme a mí misma, al yo que empujaba desde fuera con fuerza y no dejé que nadie me dijera que no podía vencerme, ni nadie, ni nada. Tiré mis puertas sabiendo que otras se abrirían, pero para no dejarme volver y que otras se cerrarían, pero para no dejarme marchar y me refugié en ellas hasta que comprendí que las personas que se habían quedado al otro lado de las abiertas también lloraban, que la preocupación que sentían era la misma que me había mantenido luchando contra mí misma, el “qué dirán” que tanto daño puede hacer, pero es que es lo que nos han enseñado. Así que volví y entré sin llamar y levanté la cabeza y les hice entender que lo único importante para mí era lo que decían ellos. Obviamente hablo de mi familia, de la que me alejaron y a la que tuve que enseñar que, si estaban cerca, nada malo podría pasarme, nada de eso que les habían dicho que me pasaría. No fue fácil, claro que no, pero lo que conseguí lo conseguí ganándome algo que nunca hubiera logrado ganar a gritos, su respeto. Eso es lo único que le debemos enseñar a quienes ruegan aprender, respeto y es que es muy común escuchar frases como “no me entienden” o “no lo entienden” y yo me pregunto; ¿Qué tienen que entender? Yo no nunca necesité entender por qué mis padres se enamoraron y se casaron, pero respeto (y agradezco), que lo hicieran. No necesito entender por qué hay quienes creen en dios, pero lo respeto. O porqué hay quienes manipulan, engañan, utilizan y después tiran a otras personas, pero también lo respeto, aunque me defienda, porque con el paso del tiempo he aprendido que el respeto es lo único que necesitamos para ser felices, pero una tonta, tampoco es que sea. Respeto, propio y ajeno, aunque no siempre tiene porqué ir acompañado de palabras amables. Hay quienes reparten amor y te hablan bonito mientras te ponen la zancadilla y quienes te ponen la zancadilla y dicen lo que no quieres oír para demostrarte su amor. Parece contradictorio, pero no lo es, porque los primeros pretenden que te partas la boca contra el suelo para venir después con el “te lo dije” odiado, con el “yo ya lo sabía” y los segundos pretenden haciendo lo mismo que no te cruces con los primeros sin llegar a comprender que de lo primero te recuperas y que, sin embargo, de lo segundo, podrías no hacerlo. Iba a poner un ejemplo, pero el otro día leí que cuando escribimos para los demás solemos menospreciar la inteligencia de los lectores y yo confío en la vuestra, siempre lo he hecho y siempre me la habéis demostrado.

Y la conclusión de todo esto, que ya no sé ni si tiene sentido, es sencilla:

PODÉIS SER QUIENES QUERÁIS SER, independientemente de lo que diga una serie de televisión, de lo que digan vuestros padres, de lo que hagan o dejen de hacer vuestros amigos, de las veces que os caigáis, de las que os tiren, de lo que os juzguen u os critiquen porque siempre habrá quien lance piedras desde arriba, pero no todas llevaran la palabra lesbiana grabada, aunque haya quienes crean que sí. A mí, me ha dado más quebraderos de cabeza dar mi opinión y demostrar que soy capaz de pensar sola, que ser lesbiana, pero no supe que era eso y no lo otro hasta que no dejé de pelearme contra la rabia que sentía al no comprenderme. Fue entonces cuando dejé de culpar a los demás de mi condición sexual, de utilizarla como excusa para todo, “esto me lo dices porque soy lesbiana” “esto me lo hace porque soy lesbiana” y un sinfín de cabreos más que no me llevaban a nada más que discusiones absurdas con personas que no merecían mi tiempo y que encima se llevaban la razón porque mi argumentación era bastante escasa. Así que me detuve y me conocí y al hacerlo empecé a disfrutar de ella, de mí, porque sí, disfruto enormemente de mi lesbianismo, lo mismo que de mis ojos de diferente color, de la lectura o de una buena película. Las “cosas”, tienen para los demás la importancia que nosotros le damos y claro que empezar a ser consciente de que amas “diferente” es importante ¡Y claro que quita el sueño y atrae a las pesadillas! ¡Y claro que cuesta conocerse y quitarse el escudo de la rabia! Pero llega un día en el que te das cuenta de que eso ya no importa, solo que ese día no depende de nadie más que de ti y si me aceptáis un consejo os diría, que dejéis de pensar que sois lesbianas, que dejéis de compararos con otras lesbianas, que dejéis de “excusaros” en que sois lesbianas y empecéis a disfrutar de ser lesbianas. Si no lo hacéis por vosotras (que por dios espero que sí), hacedlo por todas las mujeres que como Celia y Aurora, se dejaron la piel y casi la vida por una libertad que sabían nunca llegarían a conocer.

Adriana Marquina



domingo, 2 de abril de 2017

La Estupidez en Burgos

Anoche, llegó a Burgos La Estupidez y llevo pensando que diría de una obra que iba a ver por tercera vez desde que compré las entradas hace ya dos meses. Lo pensaba porque también escribí mis impresiones las dos veces anteriores y no quería repetirme, pero claro, no pensé en que encima de un escenario, las cosas, nunca se repiten. Reconozco que esta vez iba nerviosa, no por mí, yo ya sabía que lo que iba a ver me iba a encantar, sino por la compañía que llevaba conmigo. Cuando vi que por fin mi ciudad le abría las puertas de uno de sus teatros a la compañía Feelgood y a su atrevida apuesta, me consta que no sin esfuerzo por su parte, no dudé un instante en coger el teléfono y proponer el plan a mi familia. Les expliqué un poco por encima de qué trataba la obra, el trabajo que lleva detrás, la buena aceptación que ha tenido en cada una de sus actuaciones y la ilusión que me hacía compartir con ellas, sí, en mi familia el número de mujeres es bastante superior al de hombres, una tarde diferente, una tarde de teatro. Para mi sorpresa, mis tres tías, las tres hermanas de mi madre, dijeron que sí en seguida y no solo dijeron que sí, además me ayudaron a convencerla a ella para que también se animase a estar sentada tres horas en un lugar en el que no se puede fumar, en el que no te puedes levantar y en el que hay más gente rodeándote de la que suele ser capaz de soportar. Compré las entradas de inmediato, primera fila para ellas, segunda para mí porque más personas de las que pensaba se me habían adelantado y esperé paciente a que llegase el día. Ese día fue ayer y los nervios me comían por dentro porque las conozco y conozco su exigencia. Pensaba en si las gustaría lo que estaban a punto de ver o si me mandarían a freír morcillas, porque a veces les han gustado cosas que yo he odiado y viceversa y cuando ha sido el viceversa me ha tocado aguantar las críticas y os aseguro, que no son mujeres con miedo a decir lo que piensan en cada momento.

Las luces se apagaron, el Motel abrió y tras los primeros cambios de personaje la gente empezó a murmurar, a preguntarse qué estaba pasando, quién era quién, qué hacían todos en la misma habitación. Había quien preguntaba, había quien explicaba y había quien pedía silencio. Yo miraba de reojo a las cuatro cabezas que tenía delante, temiendo lo peor, no os voy a engañar y ellas lo saben así que no pasa nada, pero estaban atentas, ajenas a lo que yo estaba escuchando así que me centré en conocer a Alfonso Mendiguchía (en las otras dos ocasiones era Javi Coll quien interpretaba sus papeles) y me alegré de hacerlo porque el tío se ha adaptado a la obra, a los personajes, al texto y a la velocidad de una forma admirable.

Las primeras carcajadas del público, entre las cuales me incluyo porque La Estupidez es uno de esos “chistes” que no te cansas de escuchar cuando sabes que quien lo cuenta tiene un don para hacerlo, llegaron más rápido de lo que yo pensaba. Burgos no es una ciudad precisamente cálida y eso, aunque a mí cuando me lo dicen me enfade, hace que las personas que llevamos el frío de sus calles en la sangre, tampoco lo seamos en exceso, o al menos, no inmediatamente. Eran carcajadas sinceras, salidas de lo más profundo de la necesidad que tenemos en esta ciudad de poder disfrutar de algo tan bueno como esta obra, o eso sentí yo, que disfrutaba a la par del público que me rodeaba y de los cinco diamantes que al reflejo de los focos habían pulido detalles que hacían imposible apartar la vista del escenario. Enhorabuena.

La obra continuaba, llevaríamos como hora y media entrando y saliendo de la habitación y, a excepción de las constantes preguntas que seguía haciéndose en voz alta una señora que tenía detrás, todos habíamos asumido ya que éramos estúpidos y estábamos encantados cuando ocurrió algo maravilloso, algo que solo puede darse en el teatro. Fran Perea, que siendo el oficial Wilcox vio como al pantalón de su uniforme se le rasgaba toda la pernera, no pudo contener el ataque de risa que le provocó seguir al lado de una Ainhoa Santamaría desatada. Fue inevitable. El aplauso que por un instante detuvo la obra, fue inevitable y en ese preciso instante en el que ellos se recomponían, supe que ya se los habían ganado a todos, a mis tías y a mi madre incluidas, que se reían tan a gusto, que no pude evitar querer detener el tiempo en ese instante, pero no se detuvo y gracias. Descanso, cigarro rápido al gélido frío de la noche burgalesa — ¿Os está gustando? Sí — y vuelta para dentro a bailar con el hit de Carola y comprobar que, al fin, la señora de detrás había asumido también su estupidez.

Siguieron las risas, las historias de los veinticuatro personajes fueron tomando todo el sentido que una obra con este título puede tomar. Habitaciones revueltas, noticias inquietantes y secretos revelados. Sirenas de policía, luces fuera y Burgos aplaudiendo a los cinco actores; Fran Perea, Toni Acosta, Javi Márquez, Ainhoa Santamaría y Alfonso Mendiguchía que, en medio de su recompensa, detuvieron los aplausos para que se los dedicásemos a una de las personas, paisana de la ciudad, que hicieron que La Estupidez fuera posible. Sois grandes. Y justo antes de ese momento, ocurrió algo que me hubiera hecho perder las manos en una hoguera si hubiera apostado, mi madre se levantó, os juro que pensé que iba a ponerse el abrigo para irse cuanto antes, pero no. Dejó sus cosas en el asiento y os aplaudió de pie. ¡MI MADRE! ¡DE PIE! No sabéis lo que es conseguir eso, no sabéis lo que me hizo sentir eso.


Cuando vi La Distancia de rescate (no penséis que me he vuelto loca que viene a cuento de lo que os quiero explicar, aunque no sé si después de la parrafada alguien habrá llegado a este punto), sentí que algunas heridas de mi corazón sanaban. Algunas personas ya lo saben, pero mi padre falleció hace cuatro años y mantenía dentro de mí una mezcla de rabia, culpa y preguntas sin respuesta que hacían difícil ser. Pues bien, creo que algo así le ocurrió ayer a mi madre. No de la misma manera, no en lo profundo de la reflexión del ser humano, aunque La Estupidez lleva consigo una carga dignísima de analizar, porque ayer no fue lo que se decía, si no lo que se conseguía y conseguir que mi madre me llamase al llegar a casa para decirme que por favor les diera las gracias a los actores de su parte, fue algo que no olvidaré jamás. Y eso voy a hacer, aunque empiece con las mías. Gracias por hacer que mereciera la pena convencerla para que saliera de casa, por hacer qué durante dos horas, más luego otra, se olvidase de que entre sus dedos no había un cigarrillo que le calme una ansiedad de la que se olvidó viendo como entrabais por una puerta siendo unos y salíais por otra siendo otros. Creo que las puertas del teatro consiguieron algo parecido con ella anoche, porque sin duda, se rio sin miedo. Sí, sin miedo a sentirse culpable de deshacerse estando despierta de la pena que sigue sintiendo, la que como una sombra se ha ido apoderando de ella, encerrándola más en sí misma, susurrándola que el mundo no la perdonaría que dejase de llorar cuando todos nos morimos por verla sonreír. Os doy las gracias de su parte, que emocionada me decía que hacía muchísimo tiempo que no se reía tanto y os las doy de la mía, que hacía muchísimo tiempo que no la veía reírse así, frente a mí, junto a sus hermanas, junto a las personas que seguimos aquí, porque hay veces en que es difícil no quedarse con las que se han ido, sobre todo cuando no entiendes el por qué. Así que gracias, gracias por devolverme ese trocito de madre que perdí junto a mi padre aquel fatídico día, por darle forma a las palabras que hacía tiempo quería decirle y no sabía cómo. Ayer La Estupidez me enseñó que hay personas que, sin pretenderlo, que sin tan siquiera saberlo, tienen en su poder el puñadito de arena necesario que ayuda a construir el dique que frena el río de la pena de quienes han quedado a merced de la ola. La ola de mi madre desde ayer es un poco menos brava, y volverá, insistirá, pero no podrá con esa arena, no podrá con sus risas, no podrá con la libertad que sentí en su voz cuando hablaba conmigo. Esa ola, no podrá con La Estupidez. 

Adriana Marquina

viernes, 31 de marzo de 2017

Havana 7 Historias

Que se muera un familiar siempre es duro. Que lo haga tu marido, lo es mucho más.

Cuando María, Alejandra y Carlota llegaron a casa, los últimos rayos de sol anunciaban el fin de un larguísimo día. María, contenía las lágrimas que Alejandra era incapaz de contener. Carlota sujetaba la mano de su madre. Desde las dudas de una niña de seis años, surgía una pregunta; ¿Cuántas lágrimas caben en el cuerpo de una persona? Ella sabía que muchas, porque alguna vez le había ocurrido que, aunque su padre insistiera, no había podido dejar de llorar. Pero siempre terminaba consiguiéndolo, aunque fuera apretando los dientes muy fuerte.
   —Carlota cariño —dijo María al ver como esta miraba a su madre —. Corre a por un pijama mientras yo te lleno la bañera ¿vale? ¡Coge uno que sea calentito! —sugirió alzando ligeramente la voz al ver a la pequeña doblar la esquina del pasillo, pero sin perder el cariño por el que Carlota hubiera hecho cualquier cosa —Vamos a la cocina, te prepararé un vaso de leche caliente —añadió dirigiéndose esta vez a Alejandra.
   —Solo quiero dormir —sollozó —. Déjame dormir —repitió intentando mostrar un enfado que se difuminó por la falta de fuerza —, por favor. ¡Por favor! —repitió mientras María la ayudaba a sentarse en una de las sillas de la cocina.
   —Cariño, en cuanto te tomes la leche te vas a la cama —dijo con ternura acariciándole el rostro —. No puedes dormir sin meter nada en el estómago, llevas sin comer desde ayer.
   —No quiero comer. No puedo —respondió golpeando el aire con el puño cerrado —. ¡Se ha muerto! —rompió a llorar desesperada de nuevo apoyando la cabeza sobre la mesa de la cocina —¡Muerto! No sé qué voy a hacer sin él. No puedo vivir sin él.

El vientre de María sustituyó a la mesa mientras la rodeaba con los brazos y le acariciaba la cabeza. No sabía que decir que no hubiera dicho ya. Así que le dejó el vaso de leche sobre la mesa, sacó del armario una de las pastillas que utilizaba ella para poder conciliar el sueño y le prometió que la dejaría dormir lo que quedaba de tarde, toda la noche y todo lo que necesitase. Que se encargaría de la niña y, que no iba a faltarles de nada, que nunca dejaría que a ninguna de las dos les faltase nada.
Aquella promesa consiguió que el vaso quedase a la mitad, que le diera un beso a su hija mientras se metía en la bañera y desapareciera tras la puerta de una habitación que contenía tantos recuerdos que apenas quiso abrir los ojos. Allí se habían dado el primer beso. Allí habían hecho el amor por primera vez. Allí habían pasado horas y horas encerrados. A Juan no le gustaba salir y a Alejandra no le importaba quedarse en casa con tal de estar con él.  
   —¿Qué tal va mi pequeña? —preguntó María apoyada en la puerta del baño intentando sonreír, aunque le costaba hacerlo.
   —Bien abuela, todavía no estoy arrugada —dijo mirándose los dedos de las manos —¿Puedo quedarme un poco más?
   —¡Claro! ¿Puedo quedarme contigo? —preguntó sabiendo la respuesta mientras se sentaba sobre la tapa de la taza del váter.

La espuma comenzó a desaparecer a medida que Carlota jugaba con ella. Le encantaba hacer como que tenía barba, bigote o hacerse crestas y coletas raras en el pelo y María siempre se aseguraba de que tuviera suficiente jabón como para que pudiera hacerlo. En su casa tenían bañera, pero nunca la dejaban llenarla, así que cuando le tocaba bañarse en casa de la abuela lo disfrutaba como la que más. Como la niña que era. Aquel día no fue una excepción, pero si había habido una. Una semana atrás la niña no quiso desnudarse. Por más que su abuela intentó convencerla, cosa extraña pues como digo le encantaba, no pudo. María descubrió el motivo cuando, al posar la mano sobre el hombro de la pequeña para mirarla a los ojos e intentar sonsacarle que le ocurría, esta se quejó de dolor.
   —¿Qué te ha pasado cariño? —preguntó al apartar la camiseta con cuidado y descubrir un enorme moratón en la frágil piel.
   —Un niño me hizo ayer la zancadilla y me caí.

María sabía que su nieta le estaba mintiendo. La conocía de sobra, ella le había devuelto la vida que su marido le había ido arrebatando durante los cuarenta años que estuvieron casados. En los cuarenta años que tuvo que esperar hasta quedarse viuda.
   —Espero que la profesora le dijera que eso no se hace y que se lo contase a sus papás —respondió María aliviando el sentimiento de culpa que no le correspondía sentir a su temblorosa nieta —. ¿Prefieres que hagamos otra cosa? ¿Un puzle por ejemplo?

Sabía que la historia se estaba repitiendo. Lo había visto en los ojos de Alejandra, pero cuando había intentado hablar con ella lo único que había conseguido es que pasasen semanas hasta poder volver a ver a Carlota. Aquel día confirmó que la pesadilla iba más allá, que ni siquiera la niña podría escapar de ella... Una gota de agua sacó a María del recuerdo amargo de aquella tarde.
   —¿Me has mojado tú? —preguntó transformando su pensativo rostro en una inmensa sonrisa mientras metía las manos en el agua y chapuscaba a su nieta que le respondió del mismo modo.
   —¡Abuela! —dijo mientras María la envolvía en una enorme toalla para llevarla al sofá del salón donde la pequeña había dejado el pijama — ¿Por qué mamá está tan triste?
   —Porque la gente se pone triste cuando se muere alguien a quien se quiere cariño.
   —¡Ya! —respondió pensativa — Lo que no entiendo, es porqué.
   —Porqué ¿qué?
   —Por qué lo quería.

Aquella respuesta dejó a María descolocada. Incluso la hizo sentir culpable. Como si querer a Juan fuera un pecado imperdonable.
   —¿Tu no querías a papá? —preguntó sin saber muy bien cuál iba a ser la respuesta.
   —Lo quería… —comenzó a decir midiendo las palabras, si es que una niña de seis años puede hacer eso — … pero dejé de hacerlo cuando…
   —¿Cuándo qué cariño?
   —Cuando me caí —terminó, agachando la mirada, sabiendo que acababa de confesarle a su abuela la mentira.
   —Te entiendo —respondió sin reprocharle absolutamente nada, para después cogerla como el saquito que parecía, sentarla sobre sus rodillas y envolverla con sus brazos —. Yo también dejé de quererle un poco más aquel día.

Carlota, levantó la cabeza que había escondido en el hombro de su abuela. La miró a los ojos y sonrió como si aquellas palabras la hubieran liberado de una pesada cadena que arrastraba sin comprender por qué, aunque en ella aún podía verse el reflejo de alguna duda.
   —¡Cariño! Sabes que puedes preguntarme lo que quieras ¿Verdad?
   —¿Por qué mamá no dejó de quererle? ¿Por qué no dejó de quererle cuando la gritaba? ¿Cuándo…?
   —¿Cuándo la pegaba? —preguntó María con la sensación de estar manteniendo con su nieta una conversación que no se debería mantener nunca con una niña y, sin embargo, sabiendo que debía hacerlo.
   —Sí —sollozó como si estuviera reviviendo alguna escena que tampoco tendría porque haber vivido.
   —No lo sé cariño. No lo sé. A veces las personas queremos a otras personas, aunque no se lo merezcan.

Las preguntas de Carlota, inocentes pero cargadas con una pesada verdad que hizo que María se plantease por qué ella tampoco había dejado de querer a su marido, detuvieron el tiempo por un instante. El tiempo justo para recordarse cubriendo los moratones de su rostro con maquillaje para ir a la salida del colegio y que las demás madres no pudieran verlos. Para que las mentiras que le contaba a su familia, de la que poco a poco se alejó porque las consecuencias que tenía verlos eran cada vez más duras, no le siguieran atormentando el alma. Para que su sentimiento de culpa, no siguiera humillándola cada vez que se miraba en el espejo. Maquillaje. Un maquillaje que se quitaba llorando frente al espejo que, día sí y día también, le recordaba que no era digna de un hombre que lo hacía todo por ella, de un hombre al que, literalmente, le debía la vida.
   —¿Qué piensas abuela? Tú también puedes contarme lo que quieras.

Aquel ofrecimiento hizo sonreír a María, pero prefirió no decirle la verdad, sus heridas ya habían hecho demasiado daño y las que la pequeña guardaba en su cabeza ya eran suficientes.
   —Estaba pensando que tengo una masa para hacer croquetas en el frigorífico desde hace dos días y que sí no las hago ya, la tendré que tirar. ¿Me ayudas y las cenamos?

Carlota asintió. Saltó de las piernas de su abuela y se puso el pijama corriendo. Le encantaba cocinar con ella porque su madre tampoco dejaba que entrase en la cocina. Decía que lo iba a hacer mal y que papá se enfadaría, pero a María no le importaba si las croquetas quedaban iguales o no, si unas eran más pequeñas que otras o si tenían más o menos pan rallado, hacía tiempo que había empezado a hacerlas como le venía en gana.

Mientras Carlota preparaba la banqueta en la que se arrodillaría para llegar a la mesa y echaba el pan en un plato procurando, sin mucho éxito, no tirar fuera demasiado, María rompió dos huevos en uno hondo y comenzó a batirlos. El sonido del tenedor contra el plato la llevó a otro momento, en aquella misma cocina, solo que en aquella ocasión se vio machacando una decena de pastillas de Sintrom en el mortero para después verter el resultado en la mahonesa con ajo que acababa de hacer para que su marido se comiera los filetes sin protestar. Machacando pastillas para después mezclarlas con la carne picada de las albóndigas que ella nunca comía, pero de las que él no dejaba ni la salsa. Machacando, mezclando y ofreciéndoselo día tras día, hasta conseguir lo que el azaroso e injusto infarto que había permitido que regresase a casa, no había conseguido. Había confiado en él y la había fallado, los médicos la habían fallado, lo habían salvado y aunque pensó que quizá aquello le cambiaría, que le haría reflexionar, se equivocó. Su marido había regresado a casa enfadado con la vida, más enfadado de lo que ya estaba antes, con la rabia desatada y la mano mucho más suelta. Volvió enfadado, pero creyéndose inmortal y María no pudo soportar aquella mezcla, no por ella, sino por el bebé que descansaba en la habitación de al lado mientras sus padres trabajaban. Carlota no merecía un abuelo así, ni una abuela que apenas pudiera cogerla en brazos por los golpes que escondía bajo la ropa, con un bebé que lo hubiera soportado ya había tenido bastante.

Una lágrima calló en los huevos batidos. Con la manga de la chaqueta se limpió el rostro confiando en que Carlota no se hubiera dado cuenta, pero la niña hacía rato que la miraba sin decir nada.
   —¿Empezamos? —preguntó María dejando el plato en la mesa, disimulando, sonriendo mientras seguía llorando por dentro porque sí, lo había matado, pero no, no había sido fácil tomar la decisión de hacerlo.
   —Abuela, ¿crees que mamá me dejará cocinar con ella ahora que papá ya no está? —preguntó la pequeña tras terminar de darle a una de las croquetas forma de corazón, o al menos de intentarlo.
   —Seguro que sí, cariño, seguro que sí. Y si no te deja, la convenceremos para que lo haga ¿vale?
   —¿Vamos a vivir todas juntas ahora? —volvió a preguntar esperanzada.
   —No lo sé. Ya sabes que a mí no me importaría, pero eso lo tiene que decidir tu madre. De momento os quedaréis aquí un par de días, luego ya veremos.
   —¡Ojalá quiera!
   —¡Ojalá!

La cena quedó de lo más divertida. María se unió al juego de dar formas diferentes a las croquetas y, aunque en realidad ninguna parecía lo que se suponía que era, no les importó porque podían imaginar lo que les diera la gana sin que nadie les echase en cara que soñar, no sirve de nada.
   —Abuela ¿Cómo pasó?
   —¿El qué cariño?
   —¿Cómo ha muerto papá? Mamá no me lo ha querido contar.

María se quedó pensativa. Mientras el vaso de leche de Carlota daba vueltas en el microondas, pensó en que decirle. Que había sido un accidente es lo único que se le ocurrió, pero ella sabía que era mentira. Que el barreño con lejía y agua no estaba por azar en la bañera, que los dos botes de desatascador que esperaban en el desagüe tampoco. María sabía que si algo odiaba Juan es que, al ir a ducharse para intentar disimular el hedor a alcohol antes de que llegasen a casa su mujer y su hija, hubiera algo en la bañera que le impidiera hacerlo rápido. Sabía que entraría directamente al baño, que cerraría el pestillo, que al ver el barreño lo vaciaría de malas maneras y que estaría tan enfadado que no prestaría atención a nada mientras se desnudaba, que se introduciría en la bañera siendo incapaz de ver más allá de su propio odio. María sabía que Juan la culparía a ella, su mujer tenía bien aprendida la lección y nunca dejaba nada que pudiera molestarle, pero le dio lo mismo porque sabía que en aquella ocasión Juan no podría reprocharle nada, que la mezcla de todo aquello acabaría con su vida, lo había visto en un programa de televisión y lo preparó todo mientras no había nadie en casa, midiendo el tiempo para que la mezcla fuera lo suficientemente fuerte, pero se hizo la sorprendida cuando los médicos les explicaron lo que había ocurrido, incluso fue capaz de fingir una culpa que apenas sentía. Tenía llaves, a veces iba para ayudar a Alejandra para evitarle enfrentamientos con su marido, entre el trabajo y la niña casi no tenía tiempo de tenerlo todo como a él le gustaba, pero no había podido dejar de darle vueltas a la caída de Carlota y María no estaba dispuesta a consentirlo. Podría haberle denunciado, pero ella lo había intentado dos veces con su marido y sabía que, siendo la justicia tan lenta, las represalias por hacerlo llegarían antes que la solución.
   —Fue un accidente cariño —dijo decidiéndose al fin, evitando más detalles. ¿Cómo iba a explicarle a su nieta que lo había provocado ella? —. Lo único que debe importarte ahora, es que ni tú, ni mamá, volveréis a caeros más.

Carlota no pidió más explicaciones, el abrazo que le dio a su abuela como respuesta lo dejó todo claro y acarició con cariño la conciencia de una mujer que no se sentía orgullosa de lo que había hecho pero que sabía qué, si su nieta podía vivir sin el miedo con el que había vivido ella y con el que estaba segura vivía su madre a pesar de que el amor contaminado que sentía por Juan le impidiera verlo, ella también podría vivir en paz.
   —Creo que va siendo hora de que te vayas a la cama cariño —dijo María cuando Carlota se terminó la leche —. Vete a darle un beso a mamá y si quieres duermes conmigo ¿Vale? Yo iré enseguida.

La niña sonrió entusiasmada. Adoraba dormir con su abuela, ella no sabía explicarlo, pero algo la hacía sentir que entre sus brazos nada podría ocurrirle. Carlota tenía pesadillas, no se lo decía a nadie porque cuando con cuatro años le contó a su madre que soñaba que papá entraba en su cuarto y la gritaba y hacía daño, Alejandra se enfadó muchísimo. En realidad, con ella misma, aunque también era incapaz de explicarlo porque dicen que no hay más ciego que el que no quiere ver, pero es mentira, porque no querer ver no apaga la luz, pero que no te dejen, lo sume todo en una oscuridad aterradora en la que no respirar se convierte en la mejor opción. Eso le ocurría a Alejandra, no respiraba y procuraba que su hija tampoco lo hiciera porque según Juan, si alguien tenía que hacerlo, ese era él.

Cuando María se quedó a solas en la cocina, abrió la ventana, se encendió un cigarrillo y lloró apoyada en ella todo lo que no había llorado desde que cerró la puerta de la casa en la que algunas horas más tarde encontraron muerto a Juan. Lloró desconsolada. Lloró por el primer tortazo que perdonó porque cuando ocurrió a todo el mundo le parecía normal que un marido aleccionase a su mujer de vez en cuando. Lloró por el dolor que sintió cuando en un forcejeo le rompió la muñeca. Por todos los platos rotos. Por los cristales reventados a puñetazos que iban destinados a ella y que evitaba encerrándose durante horas en el baño. Lloró por haberle entregado al miedo su cuerpo, por haber dejado que la educación del bebé que nació fruto de aquella dolorosa entrega creciera con la idea impuesta de que su madre era una cobarde, que era una inútil, que no servía para nada. Lloró por las maletas que no había llenado. Por todas las veces que había callado. Lloró. Hasta que el cigarro se consumió entre sus dedos, hasta que sus huesos quedaron ateridos por el viento frío de la noche que le golpeaba la cara con agujas de libertad, porque al fin la había conseguido, para ella, para Alejandra y para su pequeña y era buena, la libertad siempre lo es, pero dolía.
   —Abuela —susurró una voz desde la puerta —. No puedo dormir ¿Vienes a contarme un cuento?

María se secó las lágrimas antes de girarse. Miró al cielo de nuevo, rogándole que, aunque no lo merecieran cuidase de ellos, rogándole que ambos se hubieran desprendido de los demonios que asomaban en sus ojos y que, pasase lo que pasase, ninguna de las tres tuviera que ver ninguno nunca más.
   —¡Claro cariño! Ya sabes que me encanta contarte cuentos.

   —Abuela —volvió a susurrar Carlota mientras avanzaban por el pasillo en dirección a la habitación —. Cuándo papá era pequeño ¿También le contabas cuentos?

Adriana Marquina

jueves, 16 de marzo de 2017

Batalla

La noche cerrada se burla de mi insomnio. Escucho sus carcajadas. Se cuelan con el aire que entra por la ventana entreabierta. Me dice que me tiene atrapada que, aunque me acueste y cierre los ojos no podré conciliar el sueño. ¡Pobre ingenua! ¡Cerrar los ojos! Envidia, eso es lo que siente, por eso se ríe así, por eso no quiere que me acueste a tu lado, porque quiere ser ella la que cubra tu cuerpo, la que disfrute tus labios, la que se cuele en tus sueños. Te miro y la mueca de tus labios sonríe al ritmo relajado de tu corazón. Tu cuerpo se adivina bajo la sábana blanca que te cubre. La retiro con la mirada, no me levanto, no quiero despertarte. Estás preciosa. Eres preciosa. Tus piernas entrelazadas. Los brazos rodeándote el pecho me impiden disfrutar de la curva que me vuelve loca. Tu melena oscura cae por tu espalda, cubre la almohada, me busca por ella sin saber que estoy aquí sentada, al otro lado, dibujándote con palabras, haciéndote el amor.

Ha dejado de reírse. Se ha enfadado y ha cerrado la ventana sobresaltándote. Creo que ha dejado mi corazón al otro lado. Le escucho golpear el cristal pidiendo que le rescate de unas manos que no son las tuyas, de unos besos que no saben a tus labios, de “te quieros” llenos de ausencia, de la ausencia de ti. Me falta el aire. Te veo, pero no puedo tocarte. Intento alcanzarte, pero la noche te aleja. Es extraño, de repente se ha vuelto mezquina, pero me niego. Me niego a dejar que gane esta batalla. A hacerle el amor a alguien que no seas tú.

Me levanto y corro en su ayuda. La ventana se aleja. Mi corazón intenta evitarlo y empuja con todas sus fuerzas el pesado marco para volver a entrar. No quiere perderte, la noche piensa que sí, pero es porque no le conoce. No sabe nada. No entiende nada. Si lo hiciera sabría que esa Celia a la que está reclamando ya no existe. Que se fue con el amor de su vida para no regresar jamás. Que aun con todo lo que luchó le quedan fuerzas. Que la tinta no se borra. Que las palabras pueden estar llenas o vacías. Que pueden iluminar con su luz el más terrible de los cataclismos.

Ha estallado. El cristal ha estallado. Lo he recuperado.

—¿Qué ha pasado? ¿Estás bien?

Ya es mío de nuevo.

—Sí cariño, estoy bien.

No podrás conmigo. No podrás con su luz. No podrás con nuestra candela.

—¿Qué ha pasado?

¡Su voz!

—Una corriente de aire ha roto el cristal de la ventana. No te levantes que hay cristales. Yo los recojo. 

No te tengo miedo. No me tengo miedo.

Un landó negro con dos corceles blancos engalanados esperaba a la sombra justo enfrente de la puerta del hostal. Su estancia en Cádiz había finalizado y tenían que coger otro tren que las llevase hasta su próximo destino. Cuando salieron a la calle, el sol gaditano las despidió deshaciéndose de una nube despistada que, crecida, había creído que podría con él. Aurora se cubrió los ojos con la palma de la mano y Celia estiró el cuello como si quisiera apoderarse de cada uno de los rayos que le estaban siendo regalados.

—Voy a echarlo de menos —dijo Aurora girando sobre sí misma antes de subirse al carruaje.

—Siempre podemos regresar —respondió Celia dándola una cariñosa palmadita en el trasero.

El cochero, cargó las maletas, subió y cogió las riendas. Miró por la ventanilla que daba al interior para comprobar que ambas estaban sentadas y con un sutil movimiento de manos, hizo que los caballos comenzasen a moverse. Aurora, abrió la cortinilla de la parte derecha para poder ver el mar mientras salían, Celia, a su vez, recostó la cabeza sobre su hombro y cerró los ojos para poder olerlo.

—Aún no me creo que estemos aquí.

—Yo, sencillamente, aun no me creo que estemos —respondió Celia en un suspiro que alborotó a las gaviotas que siempre atentas oteaban el horizonte a la espera de las barcas que llegaban hasta la orilla cargadas de pescado.

—¿Por qué dices eso?

—No lo sé. A veces siento que la Celia que se ha quedado en Madrid necesitase de mí. Es como si sintiera que ha perdido el rumbo, que ha cambiado, que se ha obligado a ser sin ti sabiendo que será imposible.

—Es normal que sientas eso —respondió Aurora acariciándole el rostro —. Ella tendrá que hacer su vida con lo que le ha quedado. Con lo que la dejen. ¿Quieres regresar? —preguntó con la voz entristecida.

—No —dijo rotundamente, incorporándose de nuevo, sujetando la cara de Aurora con las manos, besándola despacio, como si fueran sus labios lo único que necesitase para ser feliz —. Creo que es ella la que quiere que regrese, pero la Celia que se quedó en Madrid tendrá que sobrevivir sin mí. Estoy segura de que podrá hacerlo. A ella le queda una vida por delante y no tiene más remedio que vivirla, pero tú y yo, a ti y a mí, nos queda toda la eternidad y eso, Meine Liebe, no lo cambiaría por nada del mundo.

—¿Estás segura?

—No he estado más segura de nada en la vida —respondió entrelazando su mano con la de Aurora que sonrió con una de esas sonrisas suyas capaces de deshacer hielo.

Ambas volvieron a mirar por la ventana. El mar seguía sus pasos, como si quisiera disfrutar de ellas tanto como ellas ansiaban seguir disfrutando de él. De la calma. De la brisa. De la sal que escuece, pero cierra heridas. Celia se llevó la mano al pecho y sonrió al sentir que bajo la blusa no había cicatriz alguna a pesar del empeño de la noche.

—Anoche, cuando se rompió el cristal no estabas en la cama ¿verdad? —apuntó Aurora de repente.

—No, no lo estaba.
—¿Estuviste escribiendo? —preguntó señalando la carpeta roja que la Silva había dejado apoyada en el asiento de enfrente.

—Sí, se puede decir que sí, aunque creo que más bien estuve librando una batalla.

—¿Y quién ganó? —preguntó con la mirada curiosa.


—Tú Aurora. Siempre ganarás tú. 

Adriana Marquina

martes, 14 de febrero de 2017

Seamos música

El chirriar de las ruedas del tren frenando sobre los rieles, despertó a Celia. No tenía intención de quedarse dormida pues sabía que estaban a punto de llegar a su destino, pero el hombro de Aurora era para ella el lugar más cómodo que podía existir y, al final, no pudo evitar cerrar los ojos. Con una caricia delicada y un susurro cariñoso, Aurora consiguió que el susto inicial de Celia se transformase en una sonrisa casi inmediatamente. Juntas revisaron el compartimento para asegurarse de no dejar nada olvidado y salieron al pasillo con las maletas en cuanto notaron que el tren se había detenido por completo.

A través de las ventanas habían ido viendo como la noche se les echaba encima. Por mucho que el tren corría hacia la luz naranja del sol que se escondía en el horizonte, no pudieron alcanzarlo, pero tampoco importaba demasiado porque la ciudad más antigua de Europa Occidental descansaba bajo un manto de estrellas inmenso que acariciaba el aire que circulaba por los andenes de la estación haciendo que casi pudiera verse.

Un mozo ataviado con una chaqueta gris de botones dorados abrochados hasta el cuello, se acercó hasta la puerta del vagón para ayudarlas con el equipaje y entregarles un sobre lacrado. Cuando Celia preguntó quién remitía dicho sobre, el mozo no supo darle ningún dato que pudiera ayudarla. Una mujer se había acercado a él hacía apenas un par de minutos y le había dado una buena propina por entregárselo a las únicas mujeres que viajaban solas.

—Lo único que puedo decirlas es que llevaba un abrigo largo de color rojo. Ha sido todo muy rápido. Siento no ser de más ayuda. Síganme, las acompaño.

—¿A dónde nos llevas? —preguntó Celia de nuevo.

—Cumplo órdenes señorita. La mujer que me dio el sobre me dijo que tenían fuera un coche esperando.

Antes de comenzar a andar, Celia abrió el sobre. Dentro, una nota en la que ponía:

De no haber sido por vosotras seguiría pensando que el hierro de los barrotes tras los que estaba encerrada rompería en mil pedazos mi corazón en caso de que se me ocurriera correr hacía la libertad que se dibujaba tras ellos. Gracias por hacerme ver que no eran más que humo.
Un coche os espera en la puerta. Cádiz queda a unos cuantos kilómetros de aquí. Tenéis reservada una habitación en un peculiar hostal en el barrio con más vida que pueda haber. Disfrutad de nuestra tacita de plata. Respirad nuestro carnaval.

La firma bajo el mensaje era ilegible. Ni Aurora, que estaba acostumbrada a leer historiales de médicos diferentes en el hospital, fue capaz de descifrar que era lo que ponía. Se miraron con la duda en las pupilas, pero la curiosidad por conocer la ciudad y la seguridad de la promesa que la pluma les había hecho, hicieron que comenzasen a andar siguiendo al joven que miraba el reloj como si cada minuto que pasase fuera una peseta de propina perdida.

El chofer, un hombre de unos cincuenta años con las manos más grandes que ninguna de las dos hubiera visto jamás, conducía con la seguridad de quien conoce cada centímetro del suelo que pisa. Según les contó, apenas llevaba un par de años ejerciendo esa profesión, él era pescador, seguiría siéndolo toda la vida, pero un desafortunado accidente en la cubierta del barco le había dejado la espalda para el arrastre y ya no podía caminar por él cuando la mar estaba revuelta.

—No saben ustedes señoritas lo que supuso para mi tener que dejar el barco. Nunca he sido tan feliz como cuando después de estar semanas faenando llegaba a la que sin duda es la playa más bonita de todas las que he visto, que les aseguro son muchas, mi tacita, mi tacita de plata —añadió para después dejar escapar un suspiro de añoranza y continuar hablando —. Estarán pensando que ahora puedo verla todos los días, pero seguro que la vida ya les ha hecho comprobar en alguna ocasión que las cosas se aprecian más cuando crees que puedes perderlas. Mi miedo siempre era no regresar para verla una vez más y fíjense, ahora echo de menos no despedirme de ella desde el barco. Pero dejemos de hablar de mí —dijo como si hubiera dado opción a hablar de alguna otra cosa — Eso que ven ahí, es la Puerta de Tierra, tras ella está Cádiz, su catedral, sus callejuelas, su aroma a mar y a vida. Y, por supuesto, nuestro barrio de la Viña y el Gran Teatro Falla. Estoy seguro de que este teatro nos va a dar muchas alegrías. Seguro de que en sus tablas se cantará nuestra historia. El hostal al que me han dicho os tengo que llevar, está situado precisamente en plena Viña, pero si lo desean puedo parar antes en la Caleta para que la vean de noche, con la luna reflejándose en el mar y el Castillo de San Sebastián cuidando de ella mientras el de Santa Catalina no le quita ojo.

—¿Te apetece parar? —preguntó Aurora mientras el Chofer señalaba a su derecha para que no se perdieran la majestuosidad de la Catedral que oteaba el mar.

Celia asintió. Era de noche y estaba cansada del viaje, pero el amor con el que aquel hombre que olía a madera húmeda hablaba de ella hizo que negarse fuera imposible. Un par de minutos más tarde, el coche se detuvo.

—Solo tienen que asomarse a ese muro. yo las espero aquí. No tengan prisa.

Aurora se bajó del coche por la izquierda y Celia se unió a ella antes de cruzar la calle. No había muchos vehículos recorriendo el empedrado, pero aun así cruzaron raudas. Por sus venas aún corría el ritmo de una ciudad como Madrid, pero pronto se darían cuenta de que hay ciudades en las que hay que detenerse para poder disfrutar del alma que recorre sus calles y sin lugar a dudas, Cádiz, era una de ellas.

Con la vista puesta en el horizonte recorrieron la acera que las separaba del muro sugerido. El mar se fundía con el cielo en una oscuridad que se había entregado por completo a las estrellas que, junto con la luna, se reflejaban en el agua calma de un mar que emanaba historia. Era como si sobre ella descansasen los espíritus de los barcos que lo habían surcado, como si los marineros a los que había dado vida eterna saludasen desde la orilla a quienes se habían quedado en tierra.

—Es preciosa —dijo Celia embobada.

—Ahora entiendo porque aquí, la llaman así —añadió Aurora dibujando su contorno con la mirada para después echar a correr hacía una de las rampas que descendía hasta la arena.

—¿Dónde vas? —gritó Celia preocupada, pero la única respuesta que obtuvo fue una sonrisa, así que decidió esperar y ver qué era lo que se le había ocurrido.

Descalza y con la falda remangada, Aurora entró en la arena humedecida. Cómo si su cuerpo levitase, anduvo con cuidado hasta estar delante de Celia y entonces clavó uno de sus talones y comenzó a andar marcha atrás. Ante los ojos de la periodista fue apareciendo un enorme corazón. Dentro, dibujó una C y una A, y al lado, un Para Siempre que cristalizó los ojos de Celia pues, entonces sí, supo que ya no era un deseo sino una realidad.

—¡Estás loca! —gritó desde arriba mientras Aurora le invitaba a bajar con la mano.

—¡Sí! ¡Pero loca por ti!

Celia se rio enamorada. Le hizo un gesto al chofer para que comprendiera que iban a tardar un poco más en regresar al coche y bajó para abrazarse a la mujer que retocaba su obra de arte con esmero.

—¿Crees que le falta algo? —preguntó la enfermera mirando el corazón.

—Creo que le faltamos nosotras —respondió Celia entrando en él para situarse encima de la letra que le correspondía mientras Aurora la seguía haciendo lo mismo —. Ahora está mucho mejor — añadió Celia acercándose para besarla mientras un tres por cuatro recorría las calles hasta llegar a ellas y un sinfín de pétalos de rosa llovía del cielo.

—Esta ciudad es mágica —dijo Aurora dando vueltas sobre sí misma con los brazos extendidos sin darle importancia alguna a quien estaba haciendo posible que la playa se tiñera de rojo.

—¡Lástima que cuando suba la marea el corazón vaya a desaparecer! —se lamentó Celia deteniendo el baile.

—Igual es una locura —comenzó a decir Aurora abrazándose a la espalda de Celia y apoyando su barbilla en el hombro —, pero desde que he pisado la arena, he sentido que alguien me observaba, no una persona, no sé, es como si las piedras de esta playa tuvieran ojos, como si en ellas quedase grabado todo cuanto ocurre en ella. ¡Llámame loca! Pero no creo que vaya a desaparecer, no creo que nada de lo que ocurra en este rinconcito desaparezca, creo que se convierte en música. Creo que ellos —dijo mirando hacia el muro en el que se había apoyado el chófer utilizándolo para referirse a todos los habitantes de la ciudad —, lo convierten todo en música. 

—Entonces… Seamos música. 


Adriana Marquina

martes, 31 de enero de 2017

Así... ¿Cómo?


Madrid se despertó especialmente luminosa aquella mañana. Los rayos de sol se colaron por la ventana de la habitación número veintiuno del hotel Excélsior, pero allí, ya no había nadie. Celia y Aurora habían madrugado, aunque en realidad apenas habían dormido, y esperaban en la estación al tren en el que comenzarían su andadura.

Habían decidido salir temprano para no cruzarse con nadie que pudiera reconocerlas, pero no les sirvió de nada. En la estación, un grupo de mujeres, las esperaba con un enorme ramo de flores.

—¿Cómo sabíais…? —comenzó a preguntar Aurora, aunque no la dejaron terminar.

—Nosotras somos parte de ese sentimiento que os invadió ayer por la noche, ese que hace que vuestro corazón pertenezca a muchos lugares, a otros corazones —explicó una de ellas.

—Somos capaces de sentiros porque nosotras fuimos vosotras en algún momento, algunas incluso todavía lo somos. Sabíamos que no desaprovecharíais la oportunidad y queríamos desearos suerte. Cuando regreséis, tened por cuenta que estaremos aquí —añadió otra de las chicas mientras las demás asentían con rotundidad.

Celia y Aurora se abrazaron a ellas, a medida que habían ido hablando las habían ido reconociendo y posaron sin dudar para la fotógrafa que formaba parte del grupo mientras del tren que acababa de entrar en la estación bajaban un sinfín de pasajeros.

—Os escribiremos —prometió Celia antes de subir.

—Gracias por tanto cariño —añadió Aurora lanzando un beso por el cual se pelearon las chicas cuando las puertas del vagón se cerraron.

El compartimento que les correspondió, disponía de dos asientos bastante amplios y una litera que, por lo menos, parecía tener las sábanas y mantas limpias. Habían decidido cruzar todo el país en tren para después ir subiendo poco a poco e ir conociendo todas las ciudades que pudieran así que, aquella estancia, sería su hogar durante unos cuantos días.

—He pensado —comenzó a decir Celia cuando la chimenea del tren anunció el comienzo del viaje —, que voy a escribir un diario. ¡Quién sabe! A lo mejor cuando regresemos, a alguien le interesa leerlo.

—¿A alguien dices? —preguntó Aurora señalando hacia el andén por el que corrían con la mano levantada las chicas que habían ido a despedirlas —. Seguro que a ellas les encanta. Y a mí, también. Me parece una idea maravillosa.

Celia besó a Aurora en la mejilla con el cariño con el que se besa a alguien que siempre está dispuesto a apoyarte. A través de la ventana, creyeron escuchar una ovación ante el gesto, pero cuando quisieron girarse para comprobarlo, el andén había terminado y el muro que separaba las vías de la civilización desvió su atención y con ella, el rubor que se había apoderado de sus mejillas.

Tras colgar los abrigos en las perchas doradas que emergían de la madera del hueco que quedaba al lado de la puerta y bajar la cortina enrollable de la misma para que no pudieran verlas a través del cristal. Aurora se sentó al lado de Celia que, astutamente, le había arrebatado el asiento junto a la ventana.

—¡Que morro tienes!

—¿Yo? —preguntó Celia haciendo como que no sabía a qué se refería, poniendo cara de buena y cogiendo la mano de Aurora para besarla con la sonrisa más bondadosa que logró poner conteniendo la carcajada.

—Sí, tú —respondió buscando con la mano que le quedaba libre algo en su bolso —. Que sepas que no pienso darte ni un trocito de esta maravillosa empanada que nos han preparado en el hotel —añadió retirando el papel a un pequeño paquete.

Celia, intentó hacerse la digna. Hacer como que no le importaba, como que le compensaban las vistas, pero el olor que desprendía pudo con ella y convirtió su rostro en la plegaría de una niña haciendo que Aurora, que ya contaba con ello pero adoraba la forma de suplicar de Celia, cediera.

—¿Sabes? Acabo de darme cuenta de que viajamos con lo puesto. Ni siquiera he traído un libro para entretenerme.

—Si quieres entretenerte… —respondió melosa Aurora —A mí se me ocurre una cosa que podemos hacer.

—¡Sí! —dijo Celia retirando la mano que se perdía por su cadera —Pero mejor esperamos que pase el revisor ¿No te parece? Debe estar a punto de venir para comprobar los billetes.

Aurora asintió ante la evidencia y compensó el fastidio pellizcando otro trozo de empanada. Con la boca llena y los ojos abiertos de par en par, ambas contemplaban el mar de edificios que había aparecido tras el muro cuando unos nudillos golpearon la puerta.

—Te lo he dicho —dijo Celia levantándose a abrir, pero se equivocaba, al menos a medias.

Tal y como había supuesto, el revisor esperaba al otro lado de la puerta.

—Disculpe, el equipaje, debe ir dentro del compartimento correspondiente.

Celia, que intentaba averiguar cuantas cosas estaba siendo capaz de escudriñar aquel hombre con la mirada, se dispuso a corregirle cuando, al bajar la suya, vio una bolsa de cuero marrón a los pies del revisor. En la etiqueta que colgaba del asa, pudo leer sus nombres y, aunque no comprendía de donde había salido, se disculpó, la recogió y se la entregó a Aurora a cambio de los billetes. Mientras el hombre comprobaba que no se habían equivocado de vagón, ni de compartimento y que, efectivamente eran dos las personas que viajaban en él, Celia miró a los lados del pasillo buscando a quien quisiera haber dejado aquello allí, pero solo atinó a ver el vuelo de un abrigo rojo desaparecer tras la puerta que daba acceso al vagón contiguo.

—¡Qué raro! —acertó a decir tras despedirse del revisor y cerrar la puerta.

—Igual me equivoco —dijo Aurora —, pero me da que ahí adentro vas a encontrar, entre otras cosas, esa lectura que añorabas.

—¿Tu sabes algo? —preguntó Celia al comprobar que, bajo la ropa, las mudas y dos fiambreras perfectamente cerradas, efectivamente descansaban un par de libros.

—¡No! —aseguró la enfermera —Pero tampoco me sorprende.

—¿En serio? —preguntó Celia incrédula ante la tranquilidad de Aurora.

—¡Y tan en serio! ¡Será que no nos han pasado cosas mucho más extrañas que esta en los dos años que llevamos juntas!

—Hasta donde yo sé, en estos dos años no se nos han aparecido objetos así, de la nada.

—Puede ser, pero anda que no se han cruzado en nuestra vida personas que nada tenían que ver con nosotras y que, por desgracia, no eran de ayuda. Al menos esto nos será de utilidad.

La respuesta de Aurora dejó a Celia sin argumentos. En su cara se dibujó una mueca de fastidio ante la verdad que acababa de plantear, pero supo que dentro de la locura que suponía aceptar aquello tenía razón así que, dejó la bolsa bajo los asientos y se sentó recostándose sobre Aurora para contemplar el paisaje que alejaba del tren la silueta de los edificios.

—Nunca había viajado en tren así —dijo Celia con la voz pensativa.

—Así... ¿Cómo? —preguntó Aurora.

—Así. Enamorada.

Aurora no supo que responder. Ni siquiera supo cómo fue capaz de seguir respirando tras escuchar aquella respuesta. No se lo esperaba, Celia lo sabía y se reía por dentro imaginando la cara de la enfermera en aquel instante. No quería moverse para no romper el momento, pero el traqueteo del tren al tomar una curva hizo que permanecer inmóvil fuera prácticamente imposible, tanto que Aurora no pudo sujetarla a tiempo y Celia terminó de rodillas sobre el suelo.

Todo el romanticismo de la escena cayó con ella. Las dos comenzaron a reírse a carcajada limpia. Aurora intentó levantarla, pero no pudo y sin saber bien como, terminó en el suelo, sentada a su lado.

—Hay que reconocer que la vibración del tren, tiene su aquel —dijo Aurora poniendo cara de interesante para insinuar con ello que comprendía que Celia se excusase en la risa para no levantarse.

—¿Esa puerta tiene pestillo? —preguntó la periodista siguiéndola el juego.

Sí. Lo tenía y Aurora se estiró para cerrarlo sin pensarlo dos veces. El revisor acababa de pasar, la estación más próxima se encontraba al menos a una hora de camino y el ruido de las ruedas sobre los rieles era lo suficientemente fuerte como para ahogar cualquier sonido que pudiera escaparse de sus bocas. Celia consiguió, apoyándose en la cama de abajo, sentarse sobre el colchón, del cual pensó que era mucho más cómodo de lo que esperaba y Aurora, aprovechó la diferencia de altura para quitarle los zapatos, las medias y, ya que se había puesto a quitar, también le quitó la ropa interior. Celia la contemplaba preguntándose cuanto tardaría en levantarse del suelo, pero Aurora no tenía intención de hacerlo, no sin antes perderse bajo la tela de la falda, no sin antes, besar cada centímetro de piel que la separaba de su objetivo.

Unos pasos lentos en el pasillo, hicieron que Aurora saliera de su escondite mucho más rápido de lo que hubiera deseado. Los pasos no se detuvieron, pero decidieron que sería mejor subir a la litera de arriba, quedaba mucho más escondida y, aunque estaban seguras de que nadie entraría, prefirieron no arriesgarse. Mientras Celia subía por la escalerilla que unía los dos lechos, Aurora se deshizo de toda la ropa que llevaba bajo la falda. Una vez escondió sus prendas y las de Celia bajo la colcha de la cama de abajo, la siguió.

Entre besos, caricias y susurros que parecían perderse con el humo que a veces atravesaba la ventana, ambas consiguieron remangar sus faldas. Llevar a cabo tan ardua tarea les llevó un rato y las risas que las acompañaron hasta conseguirlo, se transformaron en tímidos gemidos cuando Aurora se tumbó sobre Celia y Celia, aprovechando la escasa distancia que las separaba del techo apoyó los pies en él.

—No sé cómo a nadie se le ha ocurrido poner un tope sobre las camas de matrimonio en las casas —bromeó Celia.

—¿Estás cómoda? —preguntó Aurora sacando la cabeza de la camisa desabrochada de la periodista mientras balanceaba su cuerpo a ritmo con el traqueteo del vagón.

La respuesta de Celia fue afirmativa, pero se lo hizo saber a Aurora mordiéndose los labios, sujetándola después el cuello para besarla con pasión, para desabrochar los botones que seguían prendidos en su camisa, para perder las manos en su cadera, sortear la falda y apretar sus nalgas para ayudar, porque, aunque Aurora era una experta, no había cosa en el mundo que le gustase más que sentir cada nueva embestida.

En el último gemido de Celia, gemido que se fundió con el de Aurora, como si el maquinista hubiera intuido que ya podía anunciar la próxima estación, la chimenea volvió a ensordecer al pasaje con su peculiar sonido.

—¿Sabes una cosa cariño? —preguntó Celia apartando la mirada del techo para buscar la de Aurora que descansaba sobre su hombro con una inmensa sonrisa en el rostro —Creo que viajar en tren, es la mejor idea que hemos tenido en estos dos años.

Adriana Marquina

sábado, 14 de enero de 2017

¿Dónde iremos mañana?

La vida que se les había negado era tanta que Celia no dudó un instante. Sonriendo y confiando a ciegas en la sonrisa que le estaba siendo devuelta, se agarró a la mano tendida de Aurora. Al contrario de lo que nos ocurriría a cualquier mortal, ella no dudó. No miró atrás. No se paró a pensar en lo que dejaba porque algo le decía que, en realidad, no dejaba nada.

—¿Dónde me llevas? —preguntó cuándo atravesaron la puerta del humilde camposanto.

—La pregunta no es; donde me llevas, sino donde nos llevamos—respondió Aurora trazando con la mano que le quedaba libre una línea que acarició todo el horizonte.

Ahora el mundo era suyo. De su amor. Y podrían haber ido a cualquier lugar. A cualquier ciudad que se les hubiera antojado, pero ya tendrían tiempo y sus pasos, los de ambas, se adentraron de nuevo en Madrid. Querían despedirse de ella, al fin y al cabo, sus calles habían sido testigos de su amor. Había sido ella quien las había presentado, quien les había mostrado la dicha y la desdicha. Quien las había separado y vuelto a juntar una y otra vez. Hasta la muerte. Al fin y al cabo merecía saber que tenían una nueva oportunidad, que a pesar de todo, le estaban inmensamente agradecidas.                                                                    

Cuando ante sus ojos aparecieron los primeros viandantes, Celia hizo amago de soltar la mano de Aurora, pero la enfermera se la sujetó con fuerza, la miro a los ojos y le pidió que confiase en ella una vez más. Nadie se giró a mirarlas. Nadie pareció percatarse de su presencia y es que ninguna de las personas con las que se fueron cruzando podía haber comprendido que se amaban, así que el amor, decidió privarles de tal privilegio.

—¿Somos fantasmas Aurora? —preguntó Celia con una mezcla de inquietud y miedo en la mirada.

—No cariño. Los fantasmas, son ellos.

—¿Todos? —preguntó mirando a su alrededor de nuevo sin comprender bien a qué se refería la enfermera.

A Aurora se le escapó una carcajada de amor. La mirada de Celia, completamente desconcertada, le provocó una ternura infinita. Había intentado ser sarcástica, pero era evidente que no lo había conseguido.

—No. Solo aquellos que se creen con derecho de juzgar las vidas ajenas sin darse cuenta de que las suyas están vacías. No son fantasmas, nosotras tampoco, pero pudiendo elegir ¿Por qué dejar que nos hagan daño? Tu y yo podemos ser lo que queramos. Ellos no.

—¿Quién se lo impide?

—Nadie, solo que ellos todavía no lo saben. Los han educado de tal modo que ser lo que se quiere ser, lo que se siente ser, es pecado si no entra dentro de lo que les han dicho que tienen que ser o sentir. Son prisioneros con síndrome de Estocolmo que viven protegidos en los brazos de un ente al que se le supone libertad cuando en realidad lo han convertido en cárcel.

—¿Hablamos de dios?

—No. Hablamos del ser humano. Dios en eso, nada tiene que ver.

—¿Entonces no podremos hablar con nadie? ¿Nadie podrá vernos?

Aurora, no respondió, simplemente se detuvo ante un matrimonio de edad avanzada que paseaba alardeando de estatus y les preguntó con excelente educación si podrían indicarles la hora que era.

—Las ocho y media señoritas —respondió el caballero consultando su reloj de bolsillo.

—Gracias muy amable. ¡Ves! —comenzó a decir Aurora a modo explicativo cuando el matrimonio se alejó —. Puedes hablar con quién quieras, ellos solo verán, lo que quieran ver. Habrá quienes vean que vamos cogidas de la mano y habrá quienes no. Ahora somos libres. Ahora quien nos escribe no dejará que nos juzguen por amarnos, ella, no nos dejará caer.

A Celia aquel hecho le pareció magia. El corazón acelerado por las posibles consecuencias de su osado paseo se tranquilizó cuando, al doblar la esquina que las llevaba a su destino, una muchacha de unos dieciséis años, las miró a las manos con los ojos llenos de esperanza.



—Buenas tardes. Quisiera saber si la habitación número veintiuno estaría disponible esta noche —preguntó Aurora al recepcionista del hotel mientras Celia miraba a su alrededor como si todo fuera nuevo.

La respuesta fue afirmativa. Aurora, para que Celia no pudiera escucharla, apuntó en un papel una petición especial que fue respondida casi de inmediato, recogió la llave y cedió el paso a Celia para que subiera las escaleras primero. Le encantaba observarla mientras ascendía, el contoneo de su cadera la hipnotizaba. Para ella el cuerpo de su amada era una obra de arte siempre, pero sentía debilidad por aquel hecho. Celia lo sabía y a medio tramo giró la cabeza para descubrirla con una sonrisa de aprobación dibujada en los labios que le fue devuelta con picardía.

En el rellano de la primera planta les esperaba el amable botones que en ocasiones anteriores había sido cómplice de ambas mujeres. Saludó con amabilidad y les rogó que le siguieran después de haberle tendido a Aurora un pañuelo de seda con el que cubrió los ojos de Celia.

La habitación estaba en la segunda planta, pero no se detuvieron en ella, sino que siguieron ascendiendo. La Silva se dejaba guiar por la voz dulce de Aurora mientras se sujetaba de su brazo para no caer. Unos cuantos pisos más tarde, se detuvieron. El sonido de lo que parecía un enorme y pesado manojo de llaves le dejó claro a la periodista que, al verse privada del sentido de la vista, los demás se habían disparado y cuando el joven abrió la puerta que intuyó ante ellas, el aire gélido que le acarició el rostro lo confirmó erizando cada poro de su piel. Cientos de sonidos invadieron su cabeza a medida que Aurora la ayudaba a avanzar. Parecían los sonidos de una ciudad despidiendo el día y algo le dijo que se habían quedado a solas, ahí donde quisiera que estuvieran. El aire olía a madera quemada, a comida caliente, a piedra helada. Aurora se colocó tras ella para deshacer el nudo del pañuelo y Celia aprovechó para palpar con las manos su alrededor, pero no consiguió tocar nada.

—Queríamos despedirnos de Madrid y aquí la tenemos, esta noche es toda nuestra —aclaró Aurora cuando al fin Celia pudo mirar al horizonte y ver que la ciudad se postraba ante sus pies.

La azotea del Excélsior era inmensa. La noche lo cubría todo con su manto, pero las luces de las ventanas de los edificios dejaban adivinar cuan extensa era la ciudad que abandonarían, al menos por un tiempo, al día siguiente.

—Creo que voy a echarla de menos —confesó Celia asomándose con cuidado a la cornisa.

—Podremos volver cuando lo deseemos. Ya comprobamos que Madrid siempre tiene las puertas abiertas, sea cual sea el estado en el que se regresa a ella.

Tras disfrutar durante un buen rato de las estrellas que, al igual que ellas no estaban al alcance de todo el mundo porque no todo el mundo era capaz de comprender que más allá de la luz artificial de las farolas hay belleza pura, bajaron a la habitación. A su, habitación.

Se quitaron los abrigos, los tiraron sobre una butaca que añoraba el aroma de sus telas y mientras Aurora prendía las velas de toda la habitación, Celia abrió la botella de champán que esperaba en una cubitera de pie y vertió parte del líquido en las dos copas que había justo en la mesa de al lado.

—¿Por qué brindamos? —preguntó Aurora al hacerse con la que le correspondía.

—¡Por todo eso que todavía no comprendo pero que me hace inmensamente feliz! —alzaron las copas y las hicieron chocar con cuidado para después dejar que las burbujas revoloteasen por sus gargantas —. Ayer pensaba que te había perdido para siempre, que no volvería a verte, que no podría volver a hablar contigo sin parecer una loca, pero hoy… Hoy ya no me importa si lo estoy o no.

—A mí, tampoco.

Con un gesto armónico, como si lo hubieran ensayado antes, dejaron las copas sobre la mesa de nuevo y se fundieron en un beso que supo a prohibido. Alcohol y deseo se apoderaron de sus carnosos labios, de sus rebeldes lenguas, de sus respiraciones entrecortadas. Deseo y amor se convirtieron en uno cuando sus manos comenzaron a perderse por sus espaldas. Amor y pasión se aliaron para deshacerse de la ropa, para deshacer la cama. Pasión. La pasión de quienes se han añorado tanto en tan poco tiempo que creen haberlo olvidado todo. Pero no, no habían olvidado nada. Ni el tacto de su piel, ni el sabor de sus cuerpos. Ni lo dulce de sus pechos. No habían olvidado ni sus lunares ni sus cicatrices. Ninguna, aunque hubieran sido provocadas por la inquietud de esas niñas que jugaban en los árboles cuando nadie las miraba y apenas quedase rastro de ellas. No habían olvidado el aroma de su cabello, ni el sonido de unos gemidos que se ahogaban comedidos cuando volvieron a medir con besos la longitud de sus cuerpos desnudos. Nada. Y todo. De eso se acordaban, en eso se perdieron mientras la ciudad dormía, mientras algunos de sus habitantes soñaban con anhelos que ellas podrían cumplir al fin. Ahora podrían recorren el mundo sin miedo al mundo.

—¿Dónde iremos mañana? —preguntó Celia asomada a la ventana con Aurora abrazada a la espalda cubiertas ambas por una sábana blanca que le habían robado a la, siempre suya, cama.

—Donde nuestro corazón nos lleve —respondió la enfermera besándole el huequito del cuello que tanto amaba.

—Siento que mi corazón quiere llevarme a demasiados lugares.

—A mí me pasa lo mismo —aseguró Aurora —. Es una sensación extraña. Siento que hay lugares en los que he dejado una parte de mi sin haber estado.

—Sí —afirmó la escritora girándose hacia ella –. Es como si parte de mí le perteneciera a alguien más. Como si alguien me reclamase. Como si alguien me…

—¡Necesitase! —dijeron al unísono, pues ambas sentían que les ocurría lo mismo.

—Entonces el camino lo escogeremos asomadas a una ventana. Con los ojos cerrados y el corazón expuesto. Su palpitar nos dirá dónde ir, que parte de mundo conocer —sentenció Aurora besándola de nuevo —. Nos asomaremos a él —añadió descorriendo la cortina con la mano como si pretendiera hacérselo saber—, e iremos allá donde se completen nuestros latidos. ¿Te parece buena idea?

—Me parece una idea maravillosa. ¡Viajar donde el corazón nos lleve! —soñó Celia con la mirada— No creo que exista mayor libertad que esa, pero dejemos eso para mañana, —sugirió cerrando la cortina casi a la vez que soltaba las esquinas de la sábana dejando que esta cayera a los pies de ambas mostrando sus cuerpos desnudos—porque esta noche… —comenzó a susurrar avanzando hacia Aurora hasta que las piernas de la enfermera se toparon con el borde del colchón obligándola a sentarse sobre la cama a la vez que Celia se subía sobre ella — ¡Esta noche solo quiero asomarme al mundo que hay dentro de tus ojos!

Adriana Marquina